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Hay dos caminos fundamentales para distribuir la riqueza: la vía del mercado o a través del Estado. El mercado permite actuar a las distintas personas de la sociedad en la toma de las decisiones que les incumben. Unos deciden que bienes desean (los consumidores) y otros cómo producirlos y que factores utilizar (los empresarios). El Estado decide que hay que producir, cómo hay que hacerlo y para quién son los bienes.

Vía del mercado

En el camino del mercado operan como mecanismos distribuidores la oferta, la demanda y los precios.

Si produzco y ofrezco más bienes y servicios, que incluyen mi trabajo y que demandan los demás por considerarlos valiosos, recibo más y puedo demandar más. Mi nivel de vida mejora en relación directa a lo que aporto, considerado útil y relativamente escaso en el mercado.

Ese mecanismo refleja un acto social de intercambio libre y voluntario, que es la base del mercado. Para que ese proceso sea posible es necesaria una autoridad que por medio de leyes mantenga un ambiente de paz, justicia, respeto a los derechos de propiedad y a la libertad de comprar y vender.

El mercado se desequilibra y genera aumentos de precios cuando alguien toma lo que otros generan sin producir o imprime dinero para demandar sin previamente ofrecer y vender un bien o servicio en el mercado.

El país más representativo de la repartición de riqueza a través del mercado en el siglo XX fue Estados Unidos. Ahí, la producción y repartición de riqueza se realiza principalmente vía oferta, demanda y precios, lo que crea desigualdades, aunque también un mayor ingreso relativo para la mayoría.

El mercado necesita, como requisito para su operación, libertades económicas, parte importante de la libertad de las personas. Sin libertades económicas no podemos hablar de mercado.

Vía del Estado

El otro sendero para producir y distribuir riqueza es a través del gobierno. En ese camino, la autoridad, con el fin de lograr la igualdad, la «justicia social» y un reparto justo de la riqueza, decide, por medio de planes centrales, la propiedad de las principales fábricas y comercios, qué producir, cómo y para quién, y a quiénes repartirles lo producido.

En esa vía los ciudadanos pierden la libertad de decidir qué producir, vender y comprar. El Estado, en ausencia de la libre oferta y demanda, y de precios fijados libremente, establece mecanismos de distribución y decide qué le va a entregar a cada uno y en qué cantidades. Desaparecen los precios como conectores de la oferta con la demanda.

Ante la prohibición de producir y comerciar libremente en los países que adoptan la planificación central y la distribución por el Estado en lugar del mercado, se vuelven necesarios mecanismos de racionamiento para repartir los productos que producen y distribuyen los gobernantes.

También surgen en esos países el llamado mercado negro y las “colas”, ante las ineficiencias en la distribución centralizada por el Estado.

En el siglo XX, el país mas representativo de ese sistema fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), donde por mas de setenta años los ciudadanos formaron colas para recibir bienes y servicios que les asignaba la burocracia.

La mayoría de los países vive actualmente una mezcla de esos dos sistemas, por lo que a veces sus fallas, atrasos y pobreza son adjudicados a uno u otro, según la óptica de quien los juzgue.

  • María O´Kean, J. (2015). Economía. Madrid, Spain: McGraw-Hill España.
  • Luis Pazos. (2016). desigualdad y distribución de la riqueza. México: Diana.