El impuesto sobre las ventanas

Mientras las nuevas subidas de impuestos revolotean ya en los alféizares de los contribuyentes, conviene recordar que cuando se viola la libertad de los ciudadanos, éstos suelen reaccionar, en función de sus posibilidades y de los márgenes que el poder les conceda.

Un viejo impuesto inglés fue el “window tax”, el impuesto sobre las ventanas, establecido en 1696, y que duró hasta 1851. Como dicen Wallace E. Oates y Robert M. Schwab, se trató de un caso de manual sobre cómo un impuesto puede tener efectos colaterales graves sobre el bienestar social, no sólo en términos de equidad sino en una mala asignación de recursos (“The Window Tax: A Case Study in Excess Burden”, Journal of Economic Perspectives, invierno 2015).

Era un impuesto sobre los ocupantes, no los propietarios, y empeoró las condiciones de vida de los más pobres en las ciudades. Por cierto, era progresivo: no se pagaba si había menos de 10 ventanas; era de 6 peniques por ventana si había entre 10 y 14; 9 peniques si había entre 15 y 19; y un chelín si había 20 ventanas o más. Y tenía antecedentes, como el impuesto sobre las chimeneas, establecido por Carlos II en 1662: dos chelines por cada hogar y estufa en las casas de Inglaterra y Gales. Los “chimney-men” inspeccionaban las viviendas para contar los fuegos, al revés que el impuesto a las ventanas, que no exigía entrar en los domicilios: bastaban los “window peepers” que contaban las ventanas desde el exterior. Los economistas de entonces no lo respaldaron: Adam Smith lo criticó en La riqueza de las naciones.

La consecuencia del impuesto sobre las ventanas fue que pronto empezaron a construirse casas con pocas ventanas, y a cerrarse más y más ventanas en las casas ya construidas, tendencia que se aceleró considerablemente cuando el impuesto fue triplicado en 1797 para financiar las guerras napoleónicas. Fue un tributo muy regresivo contra los pobres y dañó especialmente la salud: “Una serie de estudios efectuados por médicos y otros especialistas demostraron que las malas condiciones sanitarias derivadas de la falta de una ventilación apropiada y aire fresco fomentaron la propagación de numerosas enfermedades como la disentería, la gangrena, y el tifus”.

La cuestión que se plantean los profesores Oates y Schwab es por qué duró tanto tiempo un impuesto que claramente tenía consecuencias nocivas para la vida de los ciudadanos y que llegó a representar una carga muy onerosa para ellos. La respuesta, como era de esperar, radica en el gasto: los impuestos no bajan porque el poder político necesita y le conviene gastar. En esa época era el gasto militar el gran justificador de la tributación, ahora es el gasto redistribuidor. Pero sea como fuere, la regla parece ser que “cuando los Estados necesitan aumentar mucho la recaudación, incluso un impuesto muy malo puede sobrevivir durante mucho tiempo”.

 

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 4 de marzo de 2016.

Tomado de www.cato.org