El tipo de cambio es una variable importante, no solo porque es el precio del dólar en términos de pesos, y por lo tanto determina el precio en pesos de las mercancías importadas, lo cual en una economía abierta al comercio internacional, como es la mexicana, es importante, sino porque muchos lo consideran un indicador del ánimo de los mexicanos: si el tipo de cambio aumenta, si el peso se deprecia frente al dólar, el ánimo es malo y, por el contrario, si el peso se aprecia frente al dólar, si el tipo de cambio baja, el ánimo es bueno.

El actual gobierno presume ser el sexenio del empleo y del cambio, pero al analizar el comportamiento de la economía del 2013 al 2017, el saldo de la situación económica de México es negativo. Retrocedimos en lugar de avanzar. Los cambios positivos, como la apertura del sector energético, fueron tardíos, incompletos y acompañados de una administración que saqueó y endeudó irresponsablemente a Pemex.

Escribió Héctor Aguilar Camín, en su columna Día con Día de Milenio, lo siguiente:

“Se diría que estamos en la necesidad de un ajuste en las finanzas públicas, una corrección seria de déficits y dispendios, y un discurso público que explique la dificultad del trance (dados los retos que enfrentamos cara al futuro inmediato: la reforma fiscal ya aprobada en los Estados Unidos: la incertidumbre en torno al futuro del TLC; el posible triunfo de López Obrador en las elecciones), y prepare a la ciudadanía  para la tormenta”.

Antes del año 2000, los gobernadores eran virreyes, el rey era el presidente. Cuando el presidente deja de ser del PRI, los gobernadores aplican un principio de sus constituciones que antes no funcionaba: los Estados son “libres y soberanos”. No dan cuenta a nadie de los recursos que reciben y se convierten en reyes de sus Estados. Para los gobernadores priistas el presidente, que no fue del PRI del 2001 al 2012, y no tenía el poder de hecho ni legal para nombrar y destituir gobernadores, deja de ser su jefe.

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