Los dos últimos presidentes priistas del siglo pasado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, identificaron a las llamadas reformas estructurales como necesarias para crecer y crear más empleos formales y mejor remunerados; sin embargo, por circunstancias políticas y la oposición de grupos que han lucrado por décadas para mantener las obsoletas legislaciones laboral, fiscal y energética, no las pudieron aterrizar.

Lo mismo les sucedió a los dos presidentes panistas, Vicente Fox y Felipe Calderón, aunque este último casi al final de su mandato envió una iniciativa de reforma laboral que materializa muchos cambios en la dirección correcta.

El nuevo presidente priista, Enrique Peña Nieto, prometió realizar esos cambios y lo ha reiterado en diversos foros públicos. La bancada de su partido, elegida junto con el mandatario y en sintonía con sus promesas, apoyó la iniciativa de reforma laboral, y aunque hubo oposición de algunos legisladores ligados a los sindicatos para que no tocaran sus privilegios, la iniciativa se aprobó en su mayor parte.

Existe el peligro de que, como sucedió con la reforma energética en 2008, las reformas fiscal y energética se mediaticen de nuevo en el Congreso y se aprueben «reformitas» que solo sirvan para resumir que se hicieron, sin que en la realidad simplifiquen, flexibilicen y aumenten la competitividad del marco legal mexicano.

Hay minorías bien organizadas, identificadas en esta obra, con muchos recursos y representantes en el Congreso, que se han opuesto a esas reformas tal y como deben ser, a causa de las grandes ganancias y el poder que les representan las obsoletas legislaciones.

A ellos no les importa un entorno jurídico acorde con un mundo globalizado y altamente competitivo que nos permita crear los empleos suficientes para millones de jóvenes que todos los años se incorporan a la fuerza laboral sin encontrar una empresa que los contrate y capacite.

Una de las premisas de este libro es que solamente mediante la implementación completa de esas reformas se pueden crear más empleos y ofrecer mejores salarios a los millones de trabajadores que laboran en la informalidad, debido a los actuales altos costos y riesgos de crear empleos formales en México.

La alternativa es:
1. Continuar por la senda de la mediocridad, las componendas y las reformas a medias en aras de proteger intereses de grupos, con un costo de bajo crecimiento, altos índices de desempleo y que la economía mexicana siga girando casi en su totalidad alrededor de la de Estados Unidos, o 

2. Implementar los cambios estructurales tal como los describimos aquí y los han ejecutado con éxito varios países, entre ellos Alemania en el ámbito laboral, Brasil y Colombia en el renglón energético y Chile en el fiscal, al generalizar impuestos al consumo, bajar tasas del impuesto al ingreso y abrir a la inversión privada el monopolio estatal del cobre, por poner algunos ejemplos.

Si implementamos esos cambios, en dos o tres años podremos competir por las inversiones globales con los países asiáticos para crear empleos mejor pagados y alcanzar crecimientos más altos.

No se trata de inventar el hilo negro, ya están claros cuáles son los cambios necesarios y sus resultados, pero todavía muchos los ignoran y otros los obstaculizan por los privilegios y beneficios que obtienen a la sombra de costosas y anticompetitivas legislaciones fiscal, laboral y energética.

Si queremos competir con China, India y Brasil por los escasos capitales disponibles en los próximos años, fuentes de inversión y empleo, e incentivar a micro, pequeños y medianos empresarios mexicanos, que representan alrededor de 99% del total, a crear más empleos formales no hay más opción que implementar correcta y plenamente las reformas estructurales en materia fiscal, laboral y energética.