Hay muchos mexicanos que piensan que somos una raza de corruptos y flojos, mientras los suizos y los japoneses son trabajadores y honestos. Nacimos y moriremos deshonestos y perezosos, ¡falso! No es cuestión de razas, sino de entornos morales, políticos, económicos y legales que incentivan y justifican la corrupción o la inhiben y la condenan.

Al analizar la historia de pueblos como el suizo, cuyos habitantes ahora son considerados ciudadanos modelo, podemos comprobar que eran de los más pobres de Europa y se mantenían en su mayoría como mercenarios al servicio del mejor postor.

Hay periodos en la historia de Japón en que los gobernantes fueron unos déspotas y ladrones, que no respetaron la propiedad n i la vida de los habitantes. En esas épocas algunos samurais, presentados como héroes en muchas películas y libros, se ganaban la vida como sicarios al servicio de los señores feudales.

Arrogantes, los samurais cortaban impunemente la cabeza con sus espadas a cualquier humilde campesino por sólo dirigirles una mirada reprobatoria. Esa conducta corrupta era producto de leyes y costumbres que los protegían.

Tenían "permiso para matar y retirarse". Esos abusos terminaron cuando se reformaron las leyes y cambiaron las costumbres.

La mayoría de los mexicanos no son corruptos, pero han vivido sujetos a un sistema político y económico asentado en relaciones corruptas entre los principales grupos de poder.

El pecado de varias generaciones de mexicanos es, por impotencia o comodidad, aceptar y hasta admirar la corrupción de muchos de sus gobernantes y su colusión con gremios de empresarios y de trabajadores para engendrar monopolios empresariales y sindicales que impiden un mercado competitivo de bienes, servicios y mano de obra, en perjuicio de una gran parte de la población.

La naciente democracia, que estrenamos el siglo XXI, permitió durante su primera década la llegada al poder de dos presidentes que rompieron el monopartidismo presidencial, pero no pudieron desarticular los esquemas fascistas en el Congreso y en muchos estados, donde las elecciones se ganan intercambiando privilegios y subsidios por incondicionalidad política y donde el poder se ejerce como en el siglo pasado, con discrecionalidad y sin entregar cuentas claras.

En este libro enmarcamos el término corrupción y analizamos las conductas corruptas que al reperirse por décadas se convirtieron en costumbre. La mayoría de los mexicanos se habituó a convivir con funcionarios corruptos, al igual que quienes por generaciones habitan con resignación entre la basura y los roedores.

Identificamos los disfraces de la corrupción y los valores nacionales manipulados por los corruptos. Señalamos las formas en que empresarios, líderes sindicales y funcionanos públicos se asocian para la corrupción, y diferenciamos a los ricos parásitos de los ricos productivos.

Enumeramos los cambios jurídicos, políticos y económicos que debemos implementar para reducir la corrupción y la impunidad de quienes cometen esos actos.

La corrupción es una de las primeras causas del desempleo, de los bajos crecimientos, de la miseria y de la migración de millones de mexicanos. Aunque también del surgimiento de los nuevos ricos del gobierno.

Para mantener el actual estado de cosas, el cual les facilita poder y dinero, los corruptos tienen que impedir las reformas necesarias para aumentar la competitividad, fomentar la inversión, crear mejores empleos y lograr mayores crecimientos. Pues esos cambios implican romper monopolios, privilegios y garantizar una mayor transparencia en el uso de los recursos públicos.

La corrupción no sólo institucionaliza la inmoralidad, también es un obstáculo para la modernización de México.

Por décadas, ser corrupto ha redituado más en términos económicos y políticos que ser honesto; hay que mover la balanza inclinada a la corrupción.

El libro Los ricos del gobierno nos ayuda a conocer sus tentáculos, su mimetismo y cómo combatirla por medio de reformas a las leyes, a la administración pública, al sistema educativo y a las costumbres.