concentracionA principios de la década de los años 70 cursé varias materias de la maestría en Administración pública en la Universidad de Nueva York (NYU). Tuve compañeros Japoneses, Chinos, Armenios, griegos, africanos y de diversos países Iberoamericanos. Al convivir con ellos, blancos, amarillos, negros y de diversas culturas, me di cuenta que somos más iguales de lo que creemos.

Un compañero peruano, economista, diplomático, que vestía impecablemente, me comentó sobre la gran desigualdad  económica que sufrían en su país.

–Una minoría de ricos son los destinatarios de la mayor parte del Producto Interno Bruto, mientras la mayoría de los peruanos reciben una pequeña porción -me dijo.

–Tener un carro lujoso en nuestros países -me comentó- es una cachetada a la pobreza.

–En México no tenemos ese problema -le dije- pues está prohibida la importación de carros de lujo (en los años 70) aunque, al igual que en el Perú, existe una gran desigualdad social.

–Qué solución propones a la concentración y desigualdad de los ingresos -le pregunté.

–Una reforma agraria que expropie las grandes extensiones de tierra que monopolizan los hacendados y las repartan a campesinos sin tierras. Que el Estado maneje las principales empresas para darles un sentido social,   pague mejor a los trabajadores y otorgue pensiones dignas. Impuestos progresivos a los ricos para transferirlos por medio de programas sociales  a los pobres -me contestó.

–Suena bonito lo que propones, pero en México han aplicado varias de esas políticas y en poco o nada redujeron la pobreza, pero sí bajaron la inversión -le dije.

LAS DESIGUALDAD ECONÓMICA EN EUA

Durante mi estancia en Nueva York frecuenté a dos familias donde había inmigrantes mexicanos. Una de escasos recursos, el hombre, de origen mexicano, trabajaba como velador en una bodega donde guardaban los carros de la recolección de basura. Su esposa, americana,  laboraba en el departamento de limpieza en un hospital. En la otra familia, una mexicana, alta ejecutiva en una empresa de México, se casó con un americano, director del jurídico de una compañía petrolera.

La diferencia de ingresos entre las dos familias era significativa. El abogado ganaba como 20 veces más que el velador, pero los satisfactores que consumían cotidianamente no eran esencialmente diferentes. El rico vivía en un condominio con vista al río, en una de las zonas más exclusivas de Manhattan, Shutton Place.

El pobre o de clase media baja, según la clasificación que nos guste de algún organismo internacional, vivía a unas 20 cuadras en un vecindario modesto, en un departamento rentado, con las mismas habitaciones que las del condominio del rico, pero sin  un “lobby” elegante, sin portero y sin vista al río.

Tenía además una casita en Queens, que  adquirió mediante un crédito a 30 años. Ahí guardaba su carro, que usaba los fines de semana,  un Pontiac, comprado también a crédito. El rico no tenía carro, cuando lo necesitaba lo alquilaba –en Nueva York es una tontería tenerlo -me comentó-, usaba taxis y el metro.

Con mi amigo el pobre iba a los partidos de Beisbol y comíamos hot dogs. Con el rico y su esposa asistíamos a la ópera y al ballet en el Lincoln Center y después íbamos a cenar a un buen restaurante. Ambos, el rico y el pobre, viajaban una o dos veces por año de vacaciones a México. Con el rico, abogado y muy culto, platicaba de economía y política, aprendí mucho, con el pobre reía y la pasaba bien con sus historias.

El pobre debía gran parte de sus bienes y sus ahorros eran pocos; el rico tenía importantes cantidades en la bolsa de valores y en sus cuentas bancarias. En cuanto a pasivos y activos financieros la diferencia era enorme, pero en relación a los bienes y servicios que usaban: alimentación, vestido, vivienda, transporte, diversión y viajes, las diferencias eran secundarias y superfluas.

Mi amigo, el pobre en NY, consumía más y mejores bienes y servicios que la mayoría de pobres y  clase media en  los países Iberoamericanos, pero no tan caras ni de las mismas marcas que las del abogado rico de NY.

A raíz de esas experiencias me surgió la duda sobre la validez del método que compara  activos financieros de los ricos con activos de los pobres para determinar la concentración de la riqueza y la desigualdad social. Al analizar y relacionar esas variables se puede concluir erróneamente que al  agrandarse  la brecha entre pobres y ricos en los llamados países capitalistas, aumenta la pobreza.

Si partimos de ese falso silogismo llegamos al sofisma  de que la pobreza es consecuencia de la mayor riqueza de los empresarios ricos productivos, aunque si lo es en el caso de los gobernantes populistas, parásitos y corruptos, que se enriquecen con sus puestos (ver diferencias entre rico productivo y parásito en mi libro Los ricos del gobierno).

Mi experiencia en los Estados Unidos, me llevó a concluir que en la  realidad cotidiana de ese país, muchos de los catalogados como pobres viven con una menor brecha real en relación con los considerados ricos, que en la mayoría de los demás países, medida esa desigualdad por la cantidad y calidad de los bienes y servicios que consumen.

Recuerdo un compañero de Bulgaria, que llegó a los EUA en calidad de refugiado, solo con la ropa que traía puesta. Me contó  que caminó por días para salir de la Bulgaria socialista. Obtuvo un pasaporte por su calidad de refugiado y a los pocos años de trabajar en los Estados Unidos ya había reunido dinero para estudiar un posgrado y visitar como turista a su familia en su país de origen.

POLÍTICAS DEMAGÓGICAS PARA DISTRIBUIR LA RIQUEZA

Las teorías que parten de una injusta distribución de la riqueza por el mercado y recomiendan la intervención activa del Estado para corregirlas, las enseñan en muchas escuelas de economía y las divulgan “intelectuales”, políticos e instituciones que dicen combatir la pobreza y la desigualdad económica.

Esas teorías, que buscan reducir la brecha entre ricos   y pobres mediante la intervención del Estado para redistribuir los recursos de los ricos, vía expropiaciones o impuestos progresivos, entre los pobres, no los han sacado de pobres.

Las políticas económicas de redistribución de la riqueza y de combate a la pobreza que justifican el estatismo, intervencionismo y  programas de ayuda a los pobres, no reducen la pobreza ni la desigualdad de ingresos, pero justifican el crecimiento del gobierno y de una enorme burocracia repartidora de riqueza.

La concentración y distribución de riqueza es un “estribillo” utilizado   por candidatos y gobernantes para prometer y fundamentar programas de gastos denominados sociales. En el sofisma de redistribuir la riqueza por medio del gobierno para reducir la pobreza, se apoyan leyes que expropian y reparten tierras, como el siglo pasado en México y actualmente en Venezuela, y establecen impuestos progresivos para reducir la brecha entre pobres y ricos, de la que culpan a los ricos.

La comparación de los activos financieros de los ricos -acciones de empresas y valores en las bolsas y en los bancos- con los de los pobres -escasos ahorros, pocas o ninguna propiedad y bajos ingresos- no es una relación que nos explique válidamente la concentración de la riqueza ni sus verdaderos efectos.

El aumento del valor de los activos financieros de los ricos y de la brecha de ingresos con los pobres, no significa que los pobres se volverán más pobres. Y la baja del valor de los activos financieros de los ricos no reduce la desigualdad con los pobres, ni estos serán menos pobres por una brecha menor con los ingresos de los ricos.

En 1929 y en el 2009  cayeron considerablemente los activos financieros de muchos ricos, pero esas bajas no beneficiaron a los pobres ni a los trabajadores, muchos de los cuales perdieron sus empleos.

Es un sofisma hablar de una mayor o menor desigualdad social, paralela a las alzas o bajas de los activos financieros de los ricos, que en su mayoría solo existen en asientos contables. Esas comparaciones no son indicativas para establecer una mayor o menor concentración de la riqueza y variaciones en los niveles de pobreza. 

Pero les encantan a los intelectuales que se dicen de izquierda, que desde la caída del muro de Berlín y el fracaso del socialismo en la URSS y China, se quedaron sin banderas y ejemplos para demostrar supuestos beneficios del sistema socialista a los pobres y a los trabajadores.

Durante los gobiernos de los dictadores socialistas en el siglo XX: Stalin en la URSS, Mao en China, el Mariscal Tito en Yugoslavia, Ceausescu en Rumania, los Kim en Corea del Norte, Gadafi en Libia y Castro en Cuba, entre otros, desapareció la brecha entre ricos y pobres al borrar del mapa a los empresarios ricos y a la clase media.

En su lugar quedaron dos clases sociales, los gobernantes ricos y la población pobre. Si consideramos la brecha de ingresos entre gobernantes y gobernados, con base en los bienes y servicios que consumía cada grupo, en los social totalitarismos fue mucho más grande esa brecha que en los países capitalistas.

Pasando por alto esa realidad histórica todavía muchos “intelectuales”, políticos, académicos y activistas socialistas dan datos basados en supuestos falsos sobre la concentración de la riqueza y  la brecha de ingresos entre pobres y ricos en los países capitalistas, y con base en esas teorías, afirman, como Marx hace 150 años, que los capitalistas que tienen la propiedad privada de las empresas, explotan a los trabajadores, al quedarse con la plusvalía que producen.

Esos argumentos justifican que gobiernos y legisladores populistas les coloquen  barreras y cargas a empresarios productivos para producir y crecer, por considerarlos que se enriquecen en perjuicio de los pobres, aunque en la realidad los pobres son los principales perjudicados de las leyes que desincentivan la inversión productiva, única fuente real para reducir la pobreza, el desempleo y aumentar la productividad (ver libro Políticas económicas).

El mayor error de los redistribuidores de riqueza, de buena o mala fe, está en  confundir la riqueza real, que es la cantidad y calidad de bienes y servicios al alcance de las  personas, con los activos de los ricos productivos, cuyo origen es diferente a los de los ricos parásitos, quienes logran su riqueza con fraudes, robos, privilegios y como socios de  gobernantes corruptos (ver libro Los ricos del gobierno).

RICOS ¿REDUCEN O AUMENTAN EL NÚMERO DE POBRES?

El Estado de California es la entidad en el mundo en donde hay más millonarios  y en el que más mexicanos pobres han encontrado trabajo. El pobre en California vive mejor que el de Oaxaca o Chiapas, donde hay menos ricos productivos.

Miles de mexicanos emigran a California, donde hay más ricos que les pagan suficiente salario para vivir mejor que en sus lugares de origen y todavía generar excedentes para enviarles remesas a sus parientes pobres en México, Centro y Sudamérica, donde sobran distribuidores de riqueza pero faltan creadores, debido a que las políticas redistributivas de riqueza vía el gobierno, encarecen y desincentivan la producción de riqueza.

Los países más pobres del mundo son los que tienen menos ricos productivos y la menor diferencia de ingresos en la distribución del PIB. Ahí casi no hay desigualdad, solo unos cuantos ricos, la mayoría ligados al gobierno, una escasa clase media y una mayoría de pobres. Según datos del Banco Mundial, en la República Democrática del Congo y en Madagascar, 88% y en Burundi 81% de la población, viven en una completa igualdad,  con el  equivalente a 1.25 dólares diarios: en la misma pobreza, con las mismas carencias de alimentación, vestido, habitación y transporte.

La tan anhelada igualdad económica, predicada por algunos académicos y activistas, se da actualmente en los países más pobres y se dio en los social totalitarismos el siglo pasado, donde el Estado era el único capitalista y distribuía a criterio de la burocracia, no del mercado, los escasos bienes y servicios producidos.   

Lo que México y Latinoamérica necesita no es más retórica de políticos y activistas, que claman por una “mejor distribución de la riqueza”, para ser ellos los distribuidores, sino más ricos productivos que creen riqueza: más bienes y servicios de calidad  al alcance de un mayor número de ciudadanos.

La pobreza solo disminuye cuando aumentan los salarios reales, lo que significa que pueden comprar más bienes y servicios. Y la forma de aumentar los salarios reales es, por un lado, que el gobierno no genere más demanda sin oferta al aumentar su déficit presupuestal y cubrirlo con emisión monetaria o con deudas sin soporte, lo que, tarde o temprano, genera inflación. Por otro, que aumente la productividad por trabajador, lo que únicamente sucede si hay más empresarios que inviertan en mejores máquinas, nuevos métodos de producción, innovaciones y capacitación.

Una mayor brecha de ingresos entre pobres y ricos no se traduce necesariamente en un aumento de la pobreza y la reducción de esa brecha no significa una disminución del número de pobres.

En China y la India los altos crecimientos y la reducción de la pobreza son  consecuencia de la apertura a la inversión extranjera y de las nuevas facilidades a la inversión privada, que no existían en los modelos socialistas existentes.

Con la apertura económica en ambos países empezaron a surgir millonarios, que generaron mayores desigualdades de ingresos entre los pobres y los nuevos ricos, pero paralelamente millones de pobres que estaban en la pobreza extrema, empezaron a salir de ella, al mejorar sus condiciones de vida, obtener un mejor empleo y aumentar sus salarios reales, gracias a una mayor inversión de capitalistas privados ricos, no a programas de ayuda de organismos gubernamentales, préstamos del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial.

Para reducir real y estructuralmente la pobreza, y no solo manipularla con fines políticos o ideológicos, es necesario cambiar el rumbo de las políticas económicas hacia un entorno  que brinde más facilidades, menores costos de transacción y mayor seguridad jurídica a nacionales y extranjeros, interesados en crear riqueza. Solo así se logra la creación de más empleos y de mejores bienes y servicios al alcance de más personas, lo que implica una verdadera y  mejor distribución de la riqueza.

Más oferta de bienes y servicios en un entorno de competencia es la única forma de reducir la pobreza real, los demás caminos para reducir la miseria son cuentos, demagogia, posiciones  seudo académicas y seudo científicas, para ganar popularidad y votos entre analfabetos en economía.

La redistribución de riqueza por parte del Estado no conlleva a un aumento neto de riqueza, solo a quitarles a unos para darles a otros, que generalmente no son los más pobres, sino  quienes les sirven a los repartidores de riqueza para fines políticos, electorales y para realizar impunemente desvíos de recursos fiscales en nombre de los pobres.

Ese tipo de políticas hasta ahora ha tenido prioridad en Iberoamérica, con resultados contraproducentes. Si queremos menos pobres, encaminemos las políticas del Estado a crear las condiciones para la creación de riqueza por ciudadanos productivos y no  su repartición por una burocracia improductiva.

 CONCLUSIONES

1. No hay una relación de causa a efecto entre una mayor brecha de los ingresos de los ricos productivos con los de los pobres y una mayor pobreza.

2. En los países donde hay más empresarios ricos -como los Estados Unidos- es donde los pobres son menos pobres.

3. Los países -como China y la India- que abrieron sus economías a la inversión de empresarios ricos es donde están sacando más rápido a los pobres de la pobreza extrema.

4. La mayoría de las posturas sobre la concentración y distribución de la riqueza, obedece a posiciones ideológicas, populistas o por ganar votos entre ignorantes de los principios y mecanismos económicos.

5. La única causa de la disminución de la pobreza es el aumento de salarios o ingresos reales de los trabajadores y pobres.

6. El aumento, estructural y duradero de salarios reales, solo proviene de más inversión en  bienes de capital físico y humano, que aumenten empleos, producción y productividad.

7. Para reducir la miseria, se deben reorientar las políticas económicas hacia un entorno legal que facilite la creación de riqueza, pues sin trabajadores y empresarios productivos que la creen, hay poco o nada que repartir.

8. A los únicos que beneficia la repartición de la riqueza por los gobiernos es a quienes la reparten y a sus socios, por ello cada día hay más candidatos a repartidores de riqueza y menos que, con tantos impuestos, cargas, multas y reglamentaciones, se aventuren a producirla.

CITAS DEL LIBRO POLÍTICAS ECONÓMICAS SOBRE LA IGUALDAD ECONÓMICA

“Piensan que la riqueza es un pastel que ya existe en la naturaleza, y que lo justo es repartirlo en partes iguales. Primero hay que hacerlo y si se entrega lo mismo a quienes lo elaboraron que a quienes solo comen, se desincentiva la creación de más pasteles. La mayoría esperará pasivamente su parte sin ayudar a crearlo, ya que sabe que su rebanada será del mismo tamaño que las de los creadores. En una economía de mercado el pastel se reparte a través de los mecanismos de mercado: los precios, la oferta y la demanda. En una economía centralmente planificada o de capitalismo de Estado, los gobernantes son quienes distribuyen la riqueza y generalmente se cumple el dicho: “El que parte y reparte se queda con la mayor parte”. (Pág. 114)

“La política económica de dar a cada quien lo mismo no es justicia, que significa dar a cada quien lo suyo. La política de igualar por ley los ingresos de todos, aunque nunca se cumple, suprime los incentivos para crear riqueza, pues si yo recibo lo mismo, independientemente de aportar más o menos trabajo o recursos para la creación de la riqueza real, no hago esfuerzos para aumentarla”. (Pág. 115)

“El objetivo de una sociedad moderna no es una igualdad económica sino una igualdad ante la ley, sin privilegios, y un aumento en el nivel de vida para la población, que implica rebanadas más grandes del pastel para un mayor número, aunque los pedazos no sean iguales”. (Pág. 116)

“Un gobierno debe cuidar que los ricos acumulen riqueza como resultados de la producción y comercialización de bienes y servicios vendidos en un entorno de competencia y libertad de quienes los consumen”. (Pág. 117)

“En los capitalismos de Estado del siglo XX, donde los gobernantes distribuían la riqueza, se achicó el pastel, se redujo la clase media, los pobres se hicieron más pobres y surgió una minoría de ricos entre la alta burocracia, llamados en Yugoslavia por Milovan Dilas, en su libro del mismo nombre, La nueva clase o “La Nomenklatura” en la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”. (Pág. 118)

REFLEXIONES SOBRE DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA POR EL ESTADO

Hace años Cantinflas me dijo en una comida “El problema son los pobres y su pobreza, no los ricos y su riqueza”.

Más allá de izquierdas y derechas están las políticas económicas que funcionan y las que no funcionan.

Hay economistas que desconocen el sistema que predominó en México en el siglo XX: mercantilismo y capitalismo de Estado.

Tesis  socialistas de que empresas estatales garantizan soberanía, progreso y reducción de la brecha de pobres y ricos no se cumplió, sólo generaron corrupción, descapitalización y más pobres.

Pobreza no es causada por aumento de fortunas de empresarios, sino por corrupción y sobre regulación que frena producción y empleos.

El principal problema social no es la desigualdad de ingresos sino los bajos ingresos, que no aumentan quitándole a los que ganan más.

Inequitativa, injusta y obstáculo al crecimiento, la política fiscal que impone más impuestos y cargas a ciudadanos productivos para que gasten más funcionarios improductivos.

Bajar tasas de impuestos, reducir reglamentación y más seguridad, atrae más inversión extranjera, que significa más empleos y crecimiento.

Responsables del Vía Crucis de millones de latinos que buscan empleo en EUA,  gobiernos populistas que frenan crecimiento.

Diferencia de países ricos y pobres no es por raza ni recursos naturales, sino por leyes que  garantizan o no, vida, propiedad y libertad.

En América Latina aumentaron ingresos tributarios de 14% del PIB en 1990 a 21% en 2013 sin impulsar crecimiento,  más bien lo  redujeron y aumentaron pobreza. 

India crecerá al mismo ritmo o más que China, en la medida que abandone la planificación central, el capitalismo de Estado  y abra más sectores a la economía de mercado  y a la inversión extranjera.

El atraso de la India durante el siglo XX no fue por su religión o sobrepoblación, sino por un capitalismo de Estado que concentró la economía en el gobierno.

En China, la llegada de maquiladoras por flexibilidad laboral y bajos impuestos, aumentó salarios reales.

China sufrió una gran hambruna con un campo estatizado a finales de los años 50. A partir de la privatización de las tierras tiene excedentes de alimentos.

En Venezuela, expropiaron tierras y negocios a empresarios productivos para repartirlas, ahora todos son más pobres.

Tragedia Griega, resultado de gasto público deficitario, de burocracia desproporcionada, corrupción y pensiones excesivas.

Por innovaciones en economías de mercado, que salpican a todo el mundo, hoy hay menos pobres con relación al total de la población que hace 100 años.

Más del 90% de las innovaciones que redujeron pobreza y enfermedades en el siglo XX se inventaron por empresas privadas en países capitalistas.

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