Lecciones de la historiaEl hambre y el capitalismo

Gabriel Boragina

Expliquemos este tema y bajemos un poco de nivel. O mejor aun, bajemos DEL TODO el nivel. Expliquémoslo como si se lo estuviéremos explicándoselo a niños de primer grado, aunque parezca mentira que estemos hablando entre adultos. Pero bueno, veamos. Empecemos por el A, B, C...

El capitalismo es el nombre que recibe un sistema de producción. Es "ismo" porque significa que el capital se usa masivamente (o sistemáticamente). El "ismo" denota lo que ya dijimos antes, un sistema.

Lo que produce el capitalismo (o lo que es igual, los productos del capitalismo) son bienes y servicios. La comida (alimentos y bebidas) son bienes. Bienes producidos por el capitalismo. Quizá con una simbología se pueda entender mejor. Suponiendo que:

A = capitalismo.
B = comida, alimentos.
C = hambre.

Ergo, permutando términos, siguiendo y respetando el principio de no-contradicción, si A produce B, y B ¹ C, entonces A nunca puede producir C. De donde resulta que:

Si A (capitalismo) produce B (comida, alimentos) y B NO ES IGUAL a C (hambre), ergo se demuestra que A (capitalismo) NUNCA puede producir C (hambre) toda vez que está produciendo B que es la antitesis de C.

Esto es así por lo siguiente:

B es un producto, en tanto C es un estado. O lo que es lo mismo:

En tanto la comida / alimento (B) son productos, el hambre (C) es un estado.

B y C son de distinta naturaleza, por lo que uno excluye al otro y viceversa. Se excluyen recíprocamente. La existencia o presencia de uno implica –necesariamente- la inexistencia o presencia del otro.

B es TENENCIA en tanto que C es CARENCIA. Carencia NO ES IGUAL a tenencia. Ergo, el capitalismo produce comida. Comida es lo contrario a hambre. Por consiguiente, el capitalismo destruye el hambre (al producir comida). Esto no es mas que lógica y sentido común.

Producir es lo contrario a destruir y viola también el principio de no-contradicción afirmar que una cosa produce y destruye a la vez lo producido. A no puede producir y destruir a la vez B.

Si, en cambio, no viola la lógica –además de ser un hecho- afirmar que A produce B y que B destruye C, de donde resulta que es igual a decir que A destruye C, o sea:

A = B
B ¹ C, ergo:
A ¹ C

Luego, si A (capitalismo) produce B (comida, alimentos) y B destruye a C (hambre), esto es igual a decir que A (capitalismo) destruye C (al hambre).

No podemos, violar el principio de no contradicción afirmando el absurdo por el cual B (comida, alimentos) es igual a C (hambre). El hambre es la negación del alimento, su antónimo, no su sinónimo.

Conclusión: cuando HAY hambre NO HAY capitalismo. Cuando HAY capitalismo NO HAY hambre.

Si esto –en el fondo- tan simple lo entienden los niños ¿por qué demonios los adultos complican lo simple? ¿Cómo es posible que un niño demuestre mas inteligencia y sentido común que un adulto?.

Existe tanta irracionalidad socialista en nuestro mundo que parece mentira que haya que descender al nivel de los infantes -que aun no han sido alcanzados (por falta de tiempo) por la insensatez y putrefacción mental de la izquierda-; para explicar temas que son, en ultima instancia, de sentido común, porque aunque parezca mentira, aun hay una pléyade de "adultos" que por ignorancia o mala fe, porfían, ya no en violar simples nociones de economía, de lo que no se privan y lo hacen sin ninguna clase de empacho; sino desafiar la misma lógica y el mas mínimo y elemental sentido común, como acabamos de demostrar.

¿Por qué entonces a veces hay quien dice que el capitalismo es hambre? Solo puede decirse esto por dos motivos: Ignorancia o mala fe. Ignorancia se da cuando quien dice eso no sabe para nada que es (y que no es) el capitalismo. En este caso, el que afirma semejante desatino ignora que le esta haciendo un gravísimo daño a los pobres y hambrientos; el ignorante en temas económicos (pero sobre los cuales, aun así, no tiene ningún empacho en seguir opinando) es un cómplice involuntario de los del otro bando, los de mala fe. Estos, los que dicen lo mismo criticando al capitalismo, pero sabiendo que es falso lo que critican, son seres malignos y malévolos que buscan lo contrario a lo que pregonan, es decir, buscan la destrucción de la humanidad. Porque, literalmente, combatir el capitalismo, sabiendo bien lo que el capitalismo es realmente, no es otra cosa que buscar el hambre, pobreza, miseria, padecimiento, etc. de la humanidad; y un ser que abriga estos propósitos ex profeso, es un ser malvado, perverso, diabólico.

Cuando alguien me habla del capitalismo diciéndome que es lo que el capitalismo NO ES (9 de cada 10 personas lo hacen) por educación y buena fe, comienzo pensando que es -precisamente- por ese motivo –ignorancia- que así se expresa. He aprendido a no tomarme en serio a esas personas, mas aun cuando sus quehaceres y profesiones nada tienen que ver con la ciencia económica; lo mejor en estos casos, es mostrar simpatía por estos ignorantes –a pesar de la pedantería que muchos de ellos demuestran en su porfía sobre lo que ignoran- y no hacerles caso, ni entrar en la discusión de algo que, por sus formaciones y "educación" no están preparados ni capacitados para entender. La cosa, sin embargo, no es así –por su gravedad- cuando quien demuestra desconocimiento del capitalismo es un economista, ya que se trata de un par mío y resulta literalmente imperdonable que un colega economista desconozca QUE ES Y QUE NO ES el capitalismo. Hay fundados motivos para sospechar que un "economista" que "ignora" lo que el capitalismo ES Y LO QUE NO ES, es un farsante. Estos seres son verdaderamente peligrosos y deben ser observados con cuidadosa atención por el daño potencial y real que producen a la gente de bien y en una mayor extensión, a la sociedad en su conjunto.

Como ya en su tiempo decía el sabio profesor austriaco Ludwig von Mises, las universidades están pobladas en sus cargos académicos por pedantes socialistas; mas hoy en día, ya no solo las universidades se han llenado de estos energúmenos sedicentes "economistas", la mayor parte de los cargos públicos están cubiertos por ellos; su daño es enorme, porque las masas ignorantes tienden a creer todo lo que estos "profesores" les dictan y es -precisamente- de esas masas ignorantes de donde salen aquellos que creen, quizás con sinceridad, que siguen una buena causa al combatir al capitalismo. En realidad, al hacerlo, no solo persiguen, tal vez, involuntariamente, la destrucción de la sociedad, sino la de ellos mismos, es decir, la de toda la humanidad. La erradicación completa del hambre y de la pobreza dependerá, ayer, hoy y siempre, de que los enemigos del capitalismo sean definitivamente derrotados.

El desarrollo ¿por el paso del tiempo?

Luis Pazos

Cuando regresamos a un bosque después de varios años, vemos que los árboles están más grandes por el sólo paso del tiempo. Igual sucede con la mayoría de los vegetales y animales, crecen automáticamente con los años. Ese proceso no se da en las sociedades humanas en relación al desarrollo económico.

Hay ciudades que por siglos se quedan estáticas, no crecen, incluso retroceden. Al profesor Friedrich Hayek, quien obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1974, no le gustaba usar el término desarrollo, pues podía dar la impresión que las sociedades, al igual que las plantas y los animales, se desarrollan por el sólo paso del tiempo.

Al analizar la historia de las civilizaciones comprobamos que las más antiguas no son las más desarrolladas. El nacimiento de la civilización se sitúa en lo que hoy es Cisjordania, Asia Suroccidental, sin embargo, en esa zona los grupos ahí asentados son de los más atrasados en el siglo XXI. En África se encontraron los fósiles de los primeros seres humanos, no obstante continua siendo de las zonas más atrasadas del mundo. Las sociedades china e hindú son de las más antiguas y todavía están entre los países subdesarrollados, a pesar de sus fuertes crecimientos en los últimos años.

Hay sociedades relativamente nuevas, como la canadiense o la australiana, donde han alcanzado mayores niveles de crecimiento y desarrollo que muchas de las sociedades antiguas. Si no existe un entorno que estimule y garantice el crecimiento, una sociedad puede estancarse o retroceder con el pasar de los años, como lo demuestro en el libro “El Derecho como base del Crecimiento Económico”, cuya principal tesis es que las leyes que rigen a una sociedad son las que determinan que retroceda, se estanque o se desarrolle.

El entorno jurídico, no la raza, ni la religión, ni el tiempo, es el ingrediente social que marcó durante el siglo XX las grandes diferencias entre el crecimiento de los Estados Unidos de América y los demás países de Iberoamérica.

¿Qué sucede si no puede demostrar

que tenía una casa?

Hernando de Soto

Dos desastres naturales recientes nos han conmovido: el peor tsunami de la historia, que asoló 11 países en las costas del Océano Indico, y el huracán llamado Katrina, que inundó la ciudad de Nueva Orleans. Las imágenes llegadas de ambas regiones fueron trágicamente similares: edificios derruidos, cadáveres flotando, sobrevivientes estupefactos, y agua, agua por todas partes.

Había una profunda diferencia. En Nueva Orleans, lo primero que hicieron las autoridades para garantizar la paz y asegurar la reconstrucción fue salvar los registros de propiedad legal de la ciudad, los cuales rápido determinaron quién es dueño de qué y dónde, quién debe qué y cuánto, quién puede ser reubicado rápido, quién es sujeto de crédito para financiar una reconstrucción, qué propiedad está tan dañada que va a necesitar ayuda, y cómo dar energía y agua limpia a los pobres.

En el sudeste asiático no había esos registros legales disponibles que encontrar, pues la mayoría de las víctimas del tsunami había vivido y trabajado por fuera de la ley.

Con las aguas de la inundación aún altas Stephen Bruno, el custodio de los registros notariales de Nueva Orleans, corrió hacia el sótano del juzgado donde se almacenaban los registros de propiedad de la ciudad, los sacó a rastras del agua, los acomodó en camiones refrigerantes que los transportaron a Chicago, donde fueron secados por expertos.

Los documentos restaurados fueron rápidamente devueltos a Nueva Orleans: 60.000 volúmenes ahora archivados bajo guardia armada, en el recientemente despejado centro de convenciones. 'Abstractores' moviéndose entre cajas hasta la altura del muslo revisan meticulosamente documentos que producirán las herramientas legales para diseñar y financiar la recuperación de la ciudad, permitiendo que banqueros, aseguradores y corredores de inmuebles identifiquen propietarios, activen garantías colaterales, consigan financiamiento, accedan a mercados secundarios, realicen acuerdos, cierren contratos, y a la vez hagan rentable que las empresas de servicios bombeen energía y agua a los vecindarios. Toda la infraestructura legal de cuya necesaria existencia para mantener una economía moderna en movimiento gran parte de los estadounidenses no es consciente.

Una escena así fue imposible luego de que el tsunami de diciembre del 2004 lanzó a gran velocidad agua y olas del tamaño de edificios sobre las propiedades que daban a la playa, desde Indonesia y Tailandia hasta Sri Lanka y las Maldivas, matando a más de 270.000 personas (168.000 solo en Indonesia).

En Bandah Aceh, Indonesia, el agua se llevó 200.000 casas; la mayoría de ellas sin títulos de propiedad.

Cuando el agua se retiró de Nam Khem, Tailandia, un magnate bien conectado se lanzó a apropiarse de la valiosa primera fila de terrenos frente de playa. Los sobrevivientes de las 50 familias que durante una década habían ocupado la orilla protestaron, pero no tenían derechos de propiedad legalmente documentados que respaldaran sus reclamos.

Ese es el caso de la mayoría de la gente en los países en desarrollo y en los que formaban parte del mundo soviético, donde los sistemas legales son inaccesibles a la mayoría de los pobres. La vida en el mundo 'extralegal' está en constante riesgo.

Un terremoto sacudió Pakistán en octubre de 2005, dejando un estimado de 73.000 muertos. Cuando un sismo de similar intensidad remeció Los Ángeles en 1994, murieron 60 personas. ¿Por qué la diferencia? Como les gusta decir a los sismólogos: "Los terremotos no matan a la gente, las casas sí". Viviendas construidas inadecuadamente, fuera de la ley, ignorando los códigos de construcción.

¿Pero qué propietario pobre --para no hablar del promotor, del banco, de la oficina de crédito o del organismo gubernamental-- tiene algún incentivo para invertir en vivienda más segura y en concreto reforzado sin la evidencia de una propiedad garantizada y legal y la posibilidad de conseguir crédito?

Los gobiernos no tienen cómo hacer cumplir los códigos legales cuando la mayoría de las personas opera al margen de ellos.

En los países en desarrollo los desastres naturales no solo dejan a las ciudades en ruinas, sino que arrasan con economías enteras. El tsunami del 2004 liquidó el 62% del PBI de Las Maldivas; mientras que el costo del Katrina, según la Oficina de Presupuesto del Congreso, será entre 0,5% y 1% del PBI de EE.UU.

Por lo general los gobiernos promueven el valor de la propiedad privada para incrementar los impuestos sobre ella. En la economía extralegal, las personas pueden pagar sobornos, pero nadie paga impuestos. ¿De dónde vendrá el dinero para la reconstrucción?

La propiedad privada en EE.UU. suele estar cubierta por seguros. Valorados en unos US$30.000 millones para el Katrina. En Sri Lanka, sin embargo, solo el 1% de las 93.000 víctimas del tsunami estaba cubierto.

En el mundo en desarrollo pocas personas tienen un documento de identidad legal ligado a un domicilio oficial, no importa el tipo de título legal de sus activos exigido por los aseguradores.

Sin una prueba de identidad o domicilio legal a partir del cual crear una lista de suscripción, ninguna compañía de servicios públicos va a suministrar electricidad o cualquier otro servicio.

Ni siquiera los gobiernos están seguros de quiénes son los que han muerto, puesto que la mayor parte de las víctimas nunca tuvo identidad legal.

En Perú, el debate sobre si los muertos dejados por la guerra que inició el terrorismo de Sendero Luminoso fueron 25.000 o 75.000, aún continúa.

Las autoridades de Nueva Orleans estudian la posibilidad de recurrir a leyes de usufructo. Cuando los pobres no pueden afrontar los gastos de reparación, estas leyes permiten al municipio reconstruir las viviendas, alquilarlas a los albañiles, aportando el necesario alojamiento, y ahorrar el escaso pequeño capital de los pobres, quienes eventualmente recuperan sus casas o tienen la posibilidad de venderlas al municipio a precio de mercado.

En el mundo en desarrollo ni el capital ni el crédito se aventuran allí donde los derechos de propiedad no son claros.

La diferencia entre un tsunami y un huracán termina siendo mucho más que el oleaje. Por eso es que en los países en desarrollo, que no cuentan con un sistema adecuado de legislación sobre propiedad, hasta la paz está en juego; como era el caso en Estados Unidos antes de que una buena --y ampliamente accesible-- legislación sobre el derecho a la propiedad convirtiera a los violentos invasores en nobles pioneros.

Antes de aquello, los invasores habían amenazado con quemar las fincas del presidente George Washington si no se les entregaba títulos. Y Abraham Lincoln recordó cierta vez en un discurso no haber podido ver la puesta del sol por la cantidad de cadáveres colgados de los árboles, víctimas de linchamientos a raíz de crímenes contra la propiedad. Así están hoy los países en desarrollo. Se puede detener el derramamiento de sangre.

Los medios de vida y los negocios podrían regenerarse en el mundo en desarrollo, pero primero los pobres tienen que ser legalmente empoderados. Damos a la ley por sentado; pero sin documentación legal la gente no existe en el mercado. Si la propiedad, los negocios y las transacciones no se documentan legalmente, están destinados a ser obviados. La sociedad no podrá funcionar como un todo.

Los huracanes no pueden destruir la infraestructura oculta del dominio de la ley, que mantiene la paz y empodera al pobre. Los títulos avalados por la ley y los certificados de acciones generan inversión; los títulos de propiedad al día garantizan el crédito; los documentos permiten a la gente identificarse y recibir ayuda, los estatutos de una compañía pueden acopiar fondos para la reconstrucción; las hipotecas reúnen dinero, los contratos afirman los compromisos.

Cuatro mil millones de personas de los seis mil millones que hay en todo el mundo carecen de la habilidad de generar prosperidad y recuperarse de los desastres; su constante tragedia es vivir sin el beneficio de alguna ley. Ninguna suma de ayuda internacional o caridad puede compensar eso.

Solo si los pobres son empoderados legalmente van a poder ellos mismos estar en situación de convertir el siguiente tsunami en una simple tormenta más.

El Bombardero de Dulces

Oliver Laufer

De los momentos más trágicos de la historia siempre se pueden extraer leyendas asombrosas con mucha facilidad. Historias que detienen el tiempo, alejan todo lo malo por un minuto y nos regalan profundas enseñanzas basadas en eventos verídicos. Tristemente, algunas de estas leyendas fueron invenciones justificadas para subir la moral de quienes vivían día tras día bajo las penumbras de una guerra. Esta historia, afortunadamente, es real.

Finalizada la segunda guerra mundial, como bien sabemos, Alemania quedó dividida en cuatro partes, y Berlín, su capital, en otras cuatro. Finalmente esas cuatro partes terminaron convirtiéndose en dos: la de quienes añoraban la libertad y la de quienes vivían en libertad. La zona que rodeaba a Berlín era de total dominio soviético, y el régimen socialista de Stalin decidió llevar a cabo un bloqueo total del Berlín libre para que, sumido en la miseria, se viera obligado a entregarse ante el comunismo.

Corría el año 1948 y Berlín era un escenario lunar. Pocos edificios se mantenían en pie. La pobreza en Alemania era extrema. De igual forma, el régimen socialista de la Unión Soviética decide bloquear por vía terrestre toda conexión exterior con Berlín occidental. La gente –se pensó- empezaría a morir de hambre y se verían obligados a entregar su libertad. Se dice que la gente en Berlín comenzó a comerse las hojas de los pocos árboles que se mantenían en pie e incluso roedores. Lo que se podía.

Ante tal evento, se lleva a cabo una operación de abastecimiento al Berlín atrapado. Se destinan doscientos aviones C-47 y otros muchos C-54 que se habían utilizado en la guerra, volando a diario con víveres desde la Alemania libre al atrapado Berlín occidental. Para alimentar a media ciudad, cada uno de los aeroplanos tenía que completar el trayecto cuatros veces al día, pero los berlineses, estaba claro, no morirían de hambre.

Asimismo, a pesar de todos los esfuerzos aliados, el abastecimiento era insuficiente para toda la población de Berlín, que en aquel entonces, y a pesar de la guerra, alcanzaba los dos millones y medio de habitantes.

Es en ese momento cuando empieza nuestra historia.

Un joven oficial al mando de un C-54, Gail Halvorsen, aterriza en uno de los aeródromos de Berlín. Poco después de bajar del avión, observa como una docena de niños miran asombrados los aviones aterrizar y decide acercarse a ellos. Halvorsen, sumido en un gesto de simpatía, saca un par de chicles que guardaba en el bolsillo y los arroja hacia los niños, que se abalanzan desesperados ante el utópico dulce.
Sin embargo, Halvorsen queda impactado al ver que los dos afortunados que cogieron la golosina deciden dividir los chicles en doce pedazos iguales, sin masticarlos ya que el olor era, debido a las circunstancias, suficiente placer para ellos. Así, los niños se guardan el dulce en el bolsillo, sintiéndose aquel día los jóvenes más afortunados del mundo.
Al llegar a su zona de abastecimiento, Halvorsen decide que con sus ahorros compraría todos los dulces posibles y construye como puede dos paracaídas en tamaño miniatura. Al día siguiente poco antes de tocar tierra en Berlín, deja caer los paracaídas hacia el grupo de niños, quienes de inmediato se abalanzan ante el asombroso regalo.

Halvorsen repite esto durante los días posteriores, pero el número de niños de pie frente la cabecera de la pista de aterrizaje es cada vez mayor. Es ahí cuando decide crear el “Escuadrón de los Pequeños Víveres”.

Un grupo cada vez mayor de pilotos voluntarios comienza a comprar todos los caramelos, chicles y dulces posibles, construyendo en su tiempo libre cientos de paracaídas.

A Halvorsen se le unen muchos otros pilotos. Todos los días cientos de caramelos caen desde el cielo de Berlín. Los aviones que antes arrojaban bombas para matar, ahora arrojaban dulces. Con sólo ladear el ala a la derecha, ya los niños sabían que se acercaban sus provisiones: “¡Ahí viene Uncle Wiggly Wings! ¡Se acercan los dulces!” oleadas de pequeños corrían hacia la zona de descarga.

Un cementerio de guerra yacía cerca del aeropuerto, pero los pequeños, que ya habían vivido mucho, poco les importaba saltar sobre las temibles tumbas con tal de recibir su provisión diaria de dulces.

The American Confectioners Association, desde EE.UU., comenzó a colaborar con Halvorsen enviando toneladas de dulces hacia Alemania. Convirtieron a una vieja estación de bomberos de Chicopee en una sede del Escuadrón de los Pequeños Víveres. Ahí se construyeron miles y miles de paracaídas y prepararon miles de dulces que fueron enviados al equipo de Halvorsen. Sus compañeros comenzarían a donar su ración de alimentos diaria para ayudar a los niños de Berlín.

La operación crecía cada vez más y se estaba convirtiendo en todo un éxito. Cada día los pilotos dejaban caer miles de paracaídas, bombardeando la ciudad entera de dulces. Se hizo incluso en el Berlín comunista, donde las autoridades soviéticas amenazaron con derribar a los aeroplanos que continuaran abasteciendo y con matar a los niños que cogieran los dulces del suelo?.

En enero de 1949 Halvorsen ya había soltado más de doscientos cincuenta mil paracaídas con caramelos y dulces, y más de cien mil niños se habían beneficiado de la operación. La moral crecía cada vez más; la gente, a pesar de todo, era ahora mucho más feliz que antes. Incluso se llegaron a ver sonrisas -y lágrimas, pero de felicidad.-

Las autoridades comunistas aceptaron que el bloqueo había sido un fracaso y decidieron reabrir las fronteras terrestres hacia el mundo libre. Un muro crecería pero los anhelos de libertad le superarían de inmediato. Halvorsen recibió el Premio Cheney de 1948 por “llevar a cabo un acto de gran valor, entrega y mucho sacrificio en un interés humanitario.”

Obviamente los socialistas hablaron más de una vez. Los niños eran culpables –dijeron- de un terrible acto de vandalismo injustificable. El viejo Gail Halvorsen, por su parte, escribió un libro sobre el bombardeo de dulces en Berlín y hoy vive en Utah, EE.UU.

La pesadilla de muchos de esos niños no finalizó hasta 1989, pero el recuerdo y la esperanza prevalecieron. Otros no lograron ver como se desmoronaba el Telón de Hambre que trajo consigo el socialismo soviético.

Hoy curiosamente muchos añoran socialismo. Con falta de insumos y una sociedad descapitalizada, en el futuro los socialistas añorarán un Bombardero de Dulces para que les ayude subsistir entre hambre y miseria: el mayor legado tangible de la filosofía de la igualdad absoluta.