Irlandeses defienden MéxicoLuis Pazos

Una de las pocas cosas que los mexicanos recuerdan de la guerra de 1847 -aparte, por supuesto de los "niños héroes"-, lo es sin duda la heroica conducta de los soldados del batallón de San Patricio. Sin embargo, a pesar de que forman parte ya del imaginario popular, enaltecidos hasta la altura de los próceres que conforman nuestro panteón cívico, casi nada en realidad es lo que se conoce de esos hombres fuera de que eran de origen irlandés, de que desertaron del ejército norteamericano invasor y pelearon a favor de México, de que fueron capturados en la batalla de Churubusco y que al final, al perderse la guerra, ellos perdieron la vida, ejecutados por los invasores, muriendo por una causa por la que sintieron simpatía debido a sus convicciones religiosas, pues tan católicos eran ellos como los mexicanos a los que quisieron defender.

Hoy es el tiempo apropiado para recordar la epopeya de estos hombres. En efecto, la gran mayoría de ellos eran irlandeses, aunque también los había provenientes de Inglaterra, Escocia y Alemania, así como algunos originarios de Canadá, Francia, Italia y Polonia. Sorprendentemente, había también un puñado de ciudadanos norteamericanos. Todos ellos, eso sí, eran católicos. La mayoría llegaron originalmente a los Estados Unidos como inmigrantes, buscando una mejor vida que la Europa les negaba y encontraron que en el país de la libertad tampoco les fue fácil hallar la tranquilidad y prosperidad tan anhelada. Más aún: era tan grave su situación, casi de miseria, que tuvieron que enrolarse en las filas del ejército o en los cuerpos de voluntarios estadounidenses, reclutados para hacer la guerra a México, con el aliciente de una buena paga y la posibilidad de obtener tierras en los territorios que se conquistaran, ubicados en las entonces provincias de Tejas, Nuevo México y California, enormes extensiones que casi representaban la mitad del territorio que México había heredado de la Nueva España en 1821.

Los irlandeses y sus compañeros fueron asignados al ejército al mando del general Taylor, a quien se confió las primeras operaciones militares en contra de México, invadiendo la franja fronteriza en Tejas. Situado el ejército invasor frente a Matamoros, en Tamaulipas, a principios del año de 1846, comenzó la deserción de los irlandeses. Poco a poco fueron escapando de las filas estadounidenses y se presentaban ante los oficiales mexicanos, que gustosamente los recibían en nuestro ejército. La pregunta obligada es porqué desertaron y porqué se unieron a México, a luchar por una causa que desde un principio se veía perdida dada la enorme diferencia entre la tecnología militar de una nación y otra.

Una de las respuestas es la siguiente: los generales mexicanos al mando de las tropas que guarnecían la frontera, se percataron de la enorme cantidad de irlandeses y europeos católicos que nutrían al ejército de los Estados Unidos, e iniciaron una campaña de publicidad para informar a esos soldados primero de la afinidad religiosa que los mexicanos teníamos con ellos; segundo, les hicieron saber que en México encontrarían también posibilidades de asentarse definitivamente y obtendrían por ello buena paga y tierras al final de la contienda; y tercero, apelaron a su sentido patriótico, demostrando que México, al igual que Irlanda, sufría por el acoso y la hostilidad de una nación protestante, los Estados Unidos, así como su isla natal padecía también la animadversión y la brutalidad conquistadora de Inglaterra, la madre patria de los estadounidenses.

El amor propio de los irlandeses, que recordaban las persecuciones sufridas por parte de los ingleses, despertó para apoyar lo que ellos consideraron como una causa justa: la causa de México, la defensa de una nación católica invadida injusta y arteramente por su poderoso vecino, guiado por su afán expansionista. Un puñado de irlandeses y de otros inmigrantes europeos, que llegaron a ser casi cuatrocientos a lo largo de toda la contienda, decidieron pasarse al lado mexicano y combatir por esa nación católica, aún a sabiendas de que la deserción, como en todos los países sucedía, está castigada con penas severísimas, incluso con la muerte.

Pelearon así en las batallas libradas en el norte de México: en Palo Alto y en Resaca de la Palma, en lo que ahora es el territorio estadounidense de Texas, los días 8 y 9 de mayo de 1846. Luego, combatieron en Monterrey, entre el 21 y 24 de septiembre del mismo año. Más tarde, el 22 de febrero de 1847, participaron en la famosa batalla de La Angostura, y después, marcharon con el resto del ejército mexicano a la ciudad de México, a ocupar su lugar en las acciones militares que se dieron en la capital del país y que todos recordamos. A ellos, a los del Batallón de San Patricio, les correspondió un lugar de honor en el Convento de Churubusco, el 20 de agosto de 1847. Allí, muchos dieron su vida cayendo bajo la metralla o las bayonetas invasoras, y los sobrevivientes que no lograron escapar, fueron enjuiciados y condenados, unos a la horca y otros más a ser azotados y marcados con hierros candentes. A partir de entonces, entraron con derecho propio y por sus grandes méritos en nuestra Historia, en la Historia de México.

Como han señalado distinguidos historiadores, "la saga de los san patricios es una verdadera y fascinante historia de guerra, intriga, deserción y brutal justicia militar". Es una extraordinaria experiencia humana la de esos hombres conmovidos por un fervor religioso a la vez que patrio y también por el interés de vivir y prosperar en una nación amistosa, afín a sus ideas y convicciones. Por ello desertaron de las filas del enemigo y se pasaron a nuestro lado, dejándolo todo, arriesgándolo todo. La sociedad mexicana de aquel tiempo los recibió con los brazos abiertos cuando llegaron de la campaña del norte del país. En el ejército, se les reconoció su valor y lealtad, y se les permitió constituir su propia unidad, llamada oficialmente "Compañías de San Patricio", pero que la gente conoció popularmente como "Batallón de San Patricio". Incluso, se les concedió el derecho de tener su propia bandera: Una tela teñida de color verde esmeralda con una imagen de San Patricio, el patrono de Irlanda, de un lado, y con un trébol y un arpa del otro. Tenía además dos leyendas. Una decía: Libertad por la República Mexicana, y la otra Erin go Bragh (Irlanda por siempre). Dicen que la bandera la bordaron las piadosas manos de unas monjas en San Luis Potosí. El comandante del Batallón lo era un mexicano, el coronel Moreno, pero los demás oficiales eran de origen irlandés, como el famoso capitán John Riley y su segundo, Patrick Dalton. Entre los soldados, los había provenientes de la mayoría de los condados de Irlanda así como de varios países europeos, como ya se dijo. Su uniforme era el mismo que utilizaban los soldados mexicanos pero su armamento era diferente: los san patricios continuaron usando los fusiles norteamericanos con los que habían desertado. Era, por tanto y gracias a sus fusiles, la unidad militar mejor armada del ejército mexicano debido a la superioridad de sus armas. Lamentablemente, para entonces ya nada más eran dos compañías de 102 hombres cada una.

Muy temprano, por la mañana del 20 de agosto de 1847, el ejército mexicano fue derrotado en Padierna o Contreras y las fuerzas estadounidenses comenzaron a avanzar hacia el centro de la ciudad de México. La siguiente línea de defensa mexicana estaba en el antiguo Convento de Churubusco, donde se habían reunido los batallones de la Guardia Nacional, formados por jóvenes voluntarios, estudiantes, artesanos, empleados y comerciantes, que estaban dispuestos a cerrarle el paso a los invasores, al mando de los generales Manuel Rincón y Pedro María Anaya. Sin embargo, tenían pocas municiones y el presidente de la República, el general Antonio López de Santa Anna, envió al Convento varios carros con parque, custodiados por las Compañías de San Patricio, a las que se destinó también a defender ese sitio.
Los generales Rincón y Anaya dispusieron que los irlandeses y sus compañeros se colocaran sobre las bardas del convento que dan hacia el sur y hacia el poniente, además de que como varios de ellos eran expertos artilleros, tuvieron a su cargo el manejo de los siete únicos cañones que había en el lugar, los que aún pueden verse en las puertas del hoy Museo Nacional de las Intervenciones en Churubusco. Allí, junto con las tropas mexicanas, esperaron el ataque norteamericano, que no tardó mucho.

Miles de soldados estadounidenses, al mando del general Twiggs, asaltaron el Convento una y otra vez, siendo rechazados valientemente por sus defensores. Durante el combate, se destacaron los san patricios por la precisión de sus tiros y por la certera puntería con que disparaban los cañones. De pronto, las municiones se agotaron y fue necesario abrir los cajones que Santa Anna había enviado como refuerzo, pero para sorpresa de los soldados mexicanos, las balas eran de un calibre diferente a las de sus fusiles y solo eran aptas para ser disparadas por los mosquetones de los hombres de las Compañías de San Patricio. Sobre ellos recayó entonces el peso de la defensa. Los doscientos san patricios pelearon con bravura, causando enormes bajas a los invasores, hasta que la superioridad numérica se impuso pues los frecuentes asaltos a la bayoneta de los norteamericanos obligaron a los defensores a replegarse al interior del Convento. Desde allí, la resistencia continuó, cayendo herido el general Pedro María Anaya quien ordenó a los irlandeses disparar un cañón pero éste estalló y les quemó espantosamente la cara a Anaya y a los tres artilleros del San Patricio que estaban con él. Además, cayeron mortalmente heridos en combate cerca de cuarenta san patricios.

Pronto, las municiones volvieron a terminarse, y los generales Rincón y Anaya, viendo inútil toda resistencia, decidieron rendirse. Se hizo el silencio y las tropas mexicanas se formaron en orden el patio del Convento, y hasta allí llegaron el general Twiggs y sus oficiales. Se cuenta que Twiggs, impresionado por la valentía de los mexicanos, se acercó al general Anaya a preguntarle donde estaba el parque y éste le respondió: "Si hubiera parque, no estaría usted aquí". Los norteamericanos trataron correctamente a las tropas mexicanas, con respeto y atención, pero cuando descubrieron que entre sus prisioneros estaban los san patricios, cebaron sobre ellos todo su odio, pues se enteraron además de que los irlandeses habían sido los verdaderos y más esforzados defensores del Convento y que ellos habían sido los causantes de la gran mortandad que tuvieron en sus filas.

Se llevaron a los sobrevivientes de las Compañías de San Patricio -setenta y dos hombres, pues el resto, unos ochenta, lograron escapar antes de la rendición- encadenados a las prisiones que establecieron en San Ángel y Mixcoac y decidieron someterlos a consejo de guerra, por haber desertado del ejército de los Estados Unidos. La mayoría, después de soportar muchísimas humillaciones, fueron condenados a muerte, a ser colgados como criminales, porque se consideró que no merecían siquiera el honor de ser fusilados. A unos pocos más, que lograban así salvar la vida, les impusieron la pena de cincuenta azotes "con un látigo de cuero, bien aplicados sobre las espaldas desnudas de cada uno". También, refinada crueldad, los marcaron con la letra D, con un hierro candente, en la cara.

Los veinte primeros condenados a muerte fueron ejecutados en San Ángel y en Mixcoac el 10 de septiembre de 1847. Los pararon en la orilla de unas carretas tiradas por mulas, con una soga al cuello que pendía del cadalso, y luego, a una señal, los conductores de las carretas las movieron, dejando los cuerpos suspendidos en el aire en una danza macabra que terminó con la muerte de todos. Luego, se ordenó a otros dieciséis san patricios que cavaran las tumbas para sus compañeros y que los sepultaran allí. Enseguida, los amarraron a los postes y los azotaron. El momento más terrible fue cuando los marcaron en el rostro con hierros al rojo vivo.

La ejecución de los restantes treinta san patricios fue el 13 de septiembre de 1847. Los colgaron en San Ángel de una manera feroz y dramática. El oficial norteamericano a cargo de la sentencia decidió coordinar las ejecuciones con el asalto del ejército norteamericano a Chapultepec. Ordenó construir un cadalso en una ligera elevación del terreno, desde donde se veía claramente el Castillo de Chapultepec y colocó a los prisioneros en caballos, con la soga al cuello y con la cara hacia el cerro donde se libraba la batalla. Esperó pacientemente hasta que todos se dieron cuenta que en el Castillo era arriada la bandera mexicana -señal de la derrota- y en su lugar se izó la bandera norteamericana. Entonces, el oficial, con su espada dio una orden y los caballos fueron azuzados, "lanzando a los san patricios a la eternidad".

Después de la ejecución, los sacerdotes mexicanos que antes habían confortado a los irlandeses católicos, recogieron los cadáveres y los sepultaron en Tlacopac. La población de San Ángel lloraba de tristeza: se habían encariñado con los san patricios, pues apreciaban sus virtudes, su valor y su fidelidad a la causa del México católico que sucumbía frente al invasor protes-
tante. El general Scott, comandante en jefe del ejército norteamericano, rechazó incluso una solicitud de las señoras de San Ángel, quienes le fueron a suplicar el perdón para los irlandeses. Tristemente, después de terminada la guerra y antes de que el gobierno mexicano firmara el tratado de paz, los soldados de las Compañías de San Patricio que sufrieron los azotes y las marcas en la cara, fueron dejados en libertad. Para sobrevivir tuvieron que pedir limosna. Nuevamente, la generosidad de los vecinos de San Ángel vino en su ayuda, pues les dieron comida y vestidos.

Hoy en día, a más de ciento cincuenta años de esta epopeya consumada por hombres tan valientes como decididos católicos, dos veces al año, en el día de San Patricio y en el aniversario de los ahorcamientos, mexicanos e irlandeses se reúnen en la plaza de San Jacinto de san Ángel para honrar a los san patricios. Las bandas interpretan los Himnos Nacionales de las dos naciones y niños de la cercana escuela "Batallón de San Patricio" colocan coronas y arreglos de flores, mientras el público responde a cada nombre que se lee de la lista que está esculpida en una placa de mármol, con la frase ¡Murió por la Patria! En la placa, la inscripción resume una historia humana ejemplar:


En memoria de los soldados irlandeses del heroico Batallón de San Patricio, mártires que dieron sus vidas por la causa de México durante la injusta invasión norteamericana de 1847.

La placa conmemorativa del pueblo de México a los héroes irlandeses fue dedicada en 1959. Museo de las Intervenciones.
Parte superior de la placa conmemorativa dedicada a los soldados del Batallón se San Patricio. Muestra al águila azteca abrazando a una cruz celta. Museo de las Intervenciones, México, D. F.