La credulidadGabriel Boragina
A veces he leído y escuchado que nuestra sociedad es incré¬dula, creo que es exactamente al revés, o al menos, es bastan¬te impreciso afirmar tajantemente que, en su conjunto, la so¬ciedad sea incrédula.
En materia política no creo que sea en absoluto correcto, en este ámbito específico, la gente –mayoritariamente- revela una credulidad casi infantil en sus políticos.
La fe en los políticos es algo bastante difícil de explicar, más si se tiene en cuenta el casi permanente fracaso que los políti¬cos y su medio, la política, han cosechado a través de los siglos. Me parece que existe una fuerte vinculación y responsabilidad en el colectivismo que siempre hizo de la política el medio principal para perseguir la obtención de sus propósitos celestiales, y digo celestiales porque el colectivismo (y principalmente quizás su mayor expresión, el socialismo) siempre han prometido al hombre el paraíso en la tierra; posiblemente quizás, el colectivismo haya sabido ver el factor místico que subyace en todo ser humano, y haya interpretado mejor que nadie, ese factor para explotarlo a favor de sus postulados.


El hombre, aun auto proclamado ateo, necesita creer, y tiene fe, ya sea en lo bueno o en lo malo, sea en lo material o inmaterial, el hombre tiene fe. Lo niegue o lo admita. Sea que su fe se deposite en la ciencia o en el paraíso, su fe no lo abandona. No importa si su fe es negativa o es positiva. La tiene o su fe lo posee a él, tal vez.
La fe en la política y en los políticos está ligada con el materialismo que -aunque sorprenda a muchos- tiene su culto de fe; doctrinas materialistas, como el socialismo marxista, (que nada tiene de científico como explicaron Popper, Mises, Hayek) son profundamente místicas, y su mayor sustento se encuentra en la fe que se les tiene, tanto sea de sus cultores como de sus fundadores, de otro modo, no podría explicarse que tras casi un siglo de permanentes fracasos, guerras y destrucciones, todavía el colectivismo siga vigente y resplandeciente cual sol en el firmamento ideológico de la mayoría de las personas.
No postulo un completo escepticismo. Cuando digo completo me refiero a las dos acepciones que normalmente el diccionario de la RAE le da al vocablo, a saber:
Escepticismo.(De escéptico e -ismo).
1. m. Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo.
2. m. Doctrina de ciertos filósofos antiguos y modernos, que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla.
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El escepticismo sano es el del primer tipo o primera acepción; por cierto, no soy un escéptico del segundo tipo, llamémosle, no soy un escéptico filosófico, soy un escéptico del primer tipo, podríamos designarlo, escéptico por sentido común, de momento que creo en la verdad e incluso en la posibilidad de conocerla, al menos en forma fragmentada, no soy escéptico en este sentido.
Pero si en cambio, recomiendo –y mucho- el escepticismo político, que es el tema que nos ocupa de momento. Incluso abordar todo tema social con un sano escepticismo del primer orden, es muy conveniente, los movimientos de masa van en contra del escepticismo y buscan afanosamente crear y fomentar la credulidad absoluta de sus fieles, ya que es la mejor manera de obtener los propósitos del líder, convenciendo a la masa de la ineluctabilidad de su doctrina y de la fuerza arrolladora de los acontecimientos que "terminarán" imponiéndola, todo lo que se llama historicismo.
El marxismo, el nazismo, el fascismo, las dictaduras de este tipo y su derivados, entre los múltiples lazos que las une, el mas fuerte sea, tal vez, su fe en el historicismo, es decir, el auto proclamar y tratar de convencer a sus seguidores de que la historia, que en la versión materialista ha reemplazado a la divinidad, ha llamado a sus fuerzas para gobernar la sociedad. Karl R. Popper y Ludwig von Mises, han sido los mas preclaros pensadores que demolieron contundentemente las falacias historicistas, al menos, de los que tuve la suerte de poder leer y estudiar.
Tal vez sea más preciso aludir al vocablo incredulidad que la RAE define como:
Incredulidad. (Del lat. incredulitas, -atis).
1. f. Repugnancia o dificultad en creer algo.
2. f. Falta de fe y de creencia religiosa.
Real Academia Española ©
Nuevamente, recomiendo el primer sentido, a pesar que respecto del segundo y en tanto hemos observado que el colectivismo responde a un cierto misticismo, también sea aplicable el término, sobre todo para trasmitir a las masas que no es bueno que crean en sus líderes políticos de la misma manera en que lo hacen en sus religiones y religiosos.
1. Populismo, versión terrenal del misticismo.
El caudillismo, tan de moda entre los políticos populistas latinoamericanos, es una forma de misticismo, con un gran componente de orden religioso, promueve una fe en el líder carismático, en el caudillo y su palabra, asume en la mentalidad de sus seguidores una infalibilidad cuasi papal o divina.
Nótese que estos caudillos sudamericanos (no excluyo al resto, pero en Sudamérica el caudillismo es casi una institución sagrada) no pueden evitar ser colectivistas y demagogos, su apelación constante (y agotadora) a las virtudes del pueblo que solo ellos pueden "interpretar", es recurrente y produce la automática fascinación de las masas, este es un fenómeno digno de análisis y solamente la psicología y la sociología pueden hallar respuestas a este encanto y prodigio de hipnosis colectiva que siempre ha redundado en un notorio perjuicio de los pueblos, especialmente en sus sectores de mayores carencias y necesidades, y en absoluto favor de sus lideres "salvadores".
Cabe aclarar aquí, que no es que creamos que los pueblos carecen de virtudes, sino que creemos que también tienen defectos, y hacemos hincapié en que los jefes populistas solo halagan y adulan al pueblo hablando de sus virtudes, pero jamás critican a sus súbditos votantes repitiendo hasta el hartazgo sobre sus defectos, tanto como lo hacen con sus virtudes.
Los lideres "salvadores" durante decenios y hasta el presente, se han salvado a sí mismos, hundiendo en la pobreza constante a sus "salvados". Esta clase de "salvación" política es semejante a la de aquel marino que arroja al náufrago un salvavidas de plomo, no para que flote sino para que acabe de hundirse más rápido.
La evidencia de que los líderes políticos necesitan enormes masas pobres en lo económico y crédulas en lo psicológico, revela no solo carencia espiritual y moral de los pueblos, sino maldad e inescrupulosidad por parte de quienes se constituyen en sus dirigentes con el avieso propósito de mantenerlos en este estado de sumisión, pobreza y marginación. La lista de los nombres de los políticos que han echado mano a este avieso propósito, es tan extensa que prácticamente sería irreproducible por su amplitud en este corto espacio, y es extremadamente complicado encontrar en ella excepciones a la regla.
Hablo de maldad y no de ignorancia en este caso, y lo hago porque tengo a la vista el caso latinoamericano; Ibero América es el paradigma del populismo del siglo XX y XXI; sus jefes populistas son prácticamente los mismos que han dominado la escena política durante decenios, y sus discursos y teorías esbozadas -salvo algún retoque o matiz-, también son las mismas de décadas atrás. Realmente se me dificulta entender que políticos con vasta experiencia política, actuación publica y protagonismo estatal no hayan aprendido nada durante tanto tiempo de desempeño en sus menesteres, y sigan, sistemáticamente, repitiendo una y otra vez, década tras década, los mismos errores que han conseguido que la región continúe en la marginación, pobreza y subdesarrollo histórico.
Estos políticos "se llenan la boca" hablando de populismo, pueblo, socialismo (con todos sus adjetivos), justicia social, etc. pero en los hechos son repartidores de miseria y vendedores de ilusiones.
Lo cierto es, que esta tendencia marca la mística del hombre, su necesidad de tener fe, su exigencia de poseer paladines a quiénes recurrir, creer en un "salvador" terrenal que, hoy por hoy, encarna la figura del político. No otra puede ser la explicación a la presencia predominante de políticos en Internet, la TV, los periódicos, las tertulias, la política es el tema de conversación que absorbe el 90 % de los diálogos y las mesas redondas. Mas tarde o más temprano, donde hay mas de dos personas hablando, se cae en tópicos políticos y en la esperanza de que esta raza de nuevos "pastores" conduzcan a sus ovejas a la "salvación"; sin duda, estamos en un proceso agudo de mistificación política, proceso de los cuales los políticos serán siempre los principales destinatarios e interesados y sin ningún tipo de titubeo, ellos los únicos beneficiados, como décadas de politización así lo han demostrado y lo siguen demostrando.
Uno puede caer en la tentación de buscar una explicación del tipo "esto sucede por ignorancia de la gente" pero esta justificación se invalida cuando a diario observamos que, sedicentes personas cultas, profesores de universidad con altos grados académicos, distinguidos escritores, periodistas de nota, historiadores, quienes a sí mismos se autodenominan "intelectuales", y muchos Premios Nóbel invitan a las masas a seguir ciegamente a sus lideres sin crítica y sin reflexión.
2. Educación.
Hasta en las cuestiones más domésticas tenemos una natural tendencia a creer lo que vemos y oímos, especialmente cuando las ideas que nos forjamos de cosas y sucesos no nos resultan del todo claras y en tanto y en cuanto alguien se avenga a darnos una explicación que nos parezca, a primera vista verosímil; nuestro espíritu crítico no es algo natural en nosotros, es un producto cultural que esta sociedad colectivista en la que vivimos -particularmente- no tiene (como es lógico) un mayor interés en fomentar. El sistema imperante no puede alentar como valiosa la critica de sí mismo, so riesgo de ser eliminado o reemplazado por otro menos tiránico.
Si tenemos en consideración que de niños nuestros padres o mayores nos enseñan a creer en lo que ellos nos dicen (incluyendo en las fábulas, cuentos infantiles, la tradición de la venida de los reyes magos y sus regalos en nuestros zapatos o de Santa Clauss en los calcetines y demás primeras nociones que adquirimos en nuestro seno familiar) no exageramos en nada si expresamos que desde nuestra mas tierna infancia estamos educados para creer. Somos educados, pues, en la credulidad y no en la incredulidad. Solo bastante mas tarde, cuando comenzamos a interactuar con adultos (nuestros primeros maestros en la escuela) allí, en nuestra casa, nos ponen algunas restricciones a ese entrenamiento de credulidad al que somos sometidos desde el nacimiento.
Nuestros primeros conflictos de credulidad nacen en la escuela, cuando otros adultos (maestros / as) intentan hacernos creer otras cosas, en cuanto no coinciden o se contraponen directamente con lo que aprendimos en nuestros hogares paternos, pero lo que permanece invariado es la enseñanza en creer lo que se nos enseña. Aprender a creer es una de las cosas que primero aprendemos y que luego conservamos durante casi toda nuestra vida.
Donde vivo hay una suerte de dicho popular que reza mas o menos así "Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad" no es muy académico, lo reconozco, pero de alguna manera, resume la idea que pretendo transmitir al lector, y básicamente y en rasgos generales, el dicho es acertado. Habría que agregar –por mi parte- que ambos dicen lo que creen que es verdad, por eso hago hincapié en la creencia la que distingo de la verdad.
La censura al disenso es algo a lo que nos vemos expuestos desde que nacemos; con el propósito de preservar nuestra seguridad física primero, desde pequeños venimos escuchando "no a eso, no a aquello otro", lo cual es útil, cuando de niños queríamos instintivamente poner los dedos en un tomacorriente eléctrico o saltar por la ventana de un quinto piso para probar si podíamos volar como las aves, sin embargo, nuestro subconsciente solo registra la censura, la negativa, en tanto nuestro consciente olvida rápidamente la circunstancia en que el reproche se nos hizo.
2. 1. Razón y emoción
La mayor parte de nuestras creencias, sobre todo las tempranas, no tienen una base racional sino puramente emocional, no llegamos a creer en las cosas luego de profundos, medulosos y sesudos análisis académicos, ni siquiera aun, superficiales, la mayoría de las cosas en las que creemos las llegamos a creer emocionalmente y seguimos creyendo en ellas por la misma vía: la emocional; de allí, que muy pocas veces, por no decir nunca, buscamos justificar nuestras creencias, en numerosos casos, ni siquiera podemos explicar, ni mucho menos argumentar, el por qué creemos en determinadas cosas y no en otras.
No soy, por cierto, el primero que afirma esto, ya filósofos empiristas como Locke y Hume hablaron de algo parecido a lo que aquí expongo. Si bien no soy cien por ciento empirista, acepto muchas cosas que los empiristas enseñaron.
Tanto la emoción como la razón son facultades que se desarrollan sobre la base del hábito, sin embargo, es notorio que no exigen el mismo esfuerzo, casi podríamos decir que, en tanto la emoción surge espontáneamente en nosotros, no puede señalarse lo mismo respecto de la razón, ya que si bien en germen todo ser humano la posee, su cultura exige algún grado de esfuerzo y de dedicación, además de una fuerte dosis de perseverancia en su ejercicio.
Sin embargo, ambas son fuentes de nuestras creencias, en una y otra, forjamos nuestras convicciones, pero no por igual. En tanto que la emoción siempre es mucho más fuerte que la razón, las creencias que tienen por base una experiencia emocional, son muchísimo mas poderosas que las que podemos llegar a formar a través de un proceso puramente racional. Solo personas de un grado de desarrollo muy grande pueden imponerse y fraguar la mayor parte de sus convicciones en procesos racionales minimizando los emocionales; un número de personas mucho menor puede dejar de lado por completo convencimientos basados en procesos emocionales y asentar todas sus convicciones en puros mecanismos racionales, no obstante estos raros seres existen. Pero la mayoría de las personas no alcanzan estas alturas y, en promedio, se manejan en cotas menores de un cincuenta por ciento de convicciones apoyadas en la razón y la mayor parte restante establecidas en la emoción.
En cualquier supuesto, parece cierto que empezamos nuestra vida (y por ende el proceso de aprendizaje) vivenciando emociones primero y mucho mas tarde llega a nosotros el análisis racional.
Proporcionalmente, podríamos decir que algo así como un 10 % (o quizás bastante menos) de las personas basan sus convicciones en la razón antes que en la emoción, en tanto que un 30 % lo hacen en partes iguales y finalmente cerca de un 60 % hacen predominar sus creencias en la emoción por sobre la razón.
El éxito de tiranos y demagogos radica –entre otras causas- a que sus discursos y doctrinas apelan en forma clara, concreta y directa a las emociones y no a las razones. El colectivismo es una ideología de este tipo, puramente emocional y completamente irracional.
3. Lucro, culpa, envidia.
El colectivismo manipula las emociones de las masas para sus fines, logrando crear en ellas sentimientos encontrados que terminan beneficiando a sus líderes, jefes y dirigentes; su principal arma es la contradicción que alcanza crear en el individuo respecto de la propiedad privada y -por extensión- hacia toda posesión. Tocante a las cosas posibles de posesión y de propiedad, el seguidor colectivista es adoctrinado para sentir a un tiempo culpa y envidia. Despertando la envidia de sus seguidores hacia los que poseen algo en propiedad, el líder colectivista consigue crear la adhesión y sobre todo la ira que desatará la fuerza que, a su vez, le permitirá despojar a los legítimos propietarios de aquello que les pertenece para entregárselo a los que no les pertenece (acción mas conocida como "justicia social").
Pero a su vez, adoctrina a sus seguidores que la propiedad es un "mal" en si misma y que no es moral poseer lo que otros no poseen, con lo que se les enseña a no envidiar para sí sino para otros. El envidioso socialista, es un caso especial de envidioso, no envidia al propietario por poseer lo que el envidioso no posee, sino que lo envidia por poseer lo que otros no poseen, y esto solo puede obtenerse si su líder consigue adoctrinar sus emociones creándole un profundo sentimiento de culpa si llegara a poseer para si algo que otros no tienen.
Cuando el líder socialista logra implantar estos sentimientos encontrados en su tropa, puede decirse que ha sido exitoso en sus nefastos planes, ya que si lo consigue hacer con un buen número de personas, tendrá a su disposición un conjunto de sujetos que robarán para él creyendo que lo hacen para los indigentes, pobres, marginados, proletarios, etc.
El líder socialista sabe muy bien, además, que de la envidia al odio hay apenas un pequeño paso y que si pudo generar envidia en alguien, no le será nada difícil llevar de la mano a esa misma persona haciéndola pasar de la envidia al odio. Resulta verdaderamente sintomático al leer o escuchar a un socialista la carga de odio que brota de sus palabras; el aborrecimiento, la ira, el resentimiento, son las emociones centrales y fundamentales necesarias para ser un buen colectivista. La envidia le permite despojar al que posee y el odio le posibilita impedir que nunca mas vuelva a recuperar lo que le arrebató. La doctrina que sustenta y "justifica" estas emociones tan destructivas se llama colectivismo y es la que campea a sus anchas en estos precisos momentos.
De todos modos, ningún socialista o colectivista ha podido cambiar la acción humana, entendida praxeológicamente como aquella por la cual las personas buscan pasar de una situación de menor satisfacción a otra de mayor. En el lenguaje cotidiano, esto recibe el nombre de lucro. Dado que la palabra lucro en el colectivismo tiene una fuerte carga peyorativa, será necesario restaurar su verdadero significado, el que no es otro que el que, con acierto, le da el diccionario de la RAE, a saber:
Lucro. (Del lat. lucrum).1. m. Ganancia o provecho que se saca de algo.
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El sentido común le dirá al lector que todo el mundo actúa movido por el lucro (en su verdadero significado que dejamos aquí consignado), pero posiblemente se le escape al lector que un colectivista jamás se guía por el sentido común, sino por sus abstrusas teorías, "teorías" que en rigor, no tienen nada de tales, ya que como hemos tenido oportunidad de examinar, no se tratan mas que un compendio de manejos emocionales, orientados con alguna "habilidad" hacia un fin establecido, que en pocas palabras, podría sintetizarse como el robo legal. El robo legal vendría a ser algo así como aquella historia de Robin Hood, un bandido legendario que merodeaba los bosques de Sherwood, pero que poseía la particularidad de que el botín de sus atracaos no tenía como destinatarios, ni al propio Robin ni a ninguno de los miembros de su banda. La leyenda de Robin Hood y el personaje, en sí mismo, pasó a la historia como el paladín del bandido "héroe" que "robaba a los ricos para darle a los pobres". Su leyenda, antes y después de que se conociera, era curiosamente, el sistema económico que imperaba en la mayoría de los países del mundo, sistema en el que los gobiernos hacían –y aun hacen- las veces de Robin Hood según sus discursos proclamas y hasta plataformas partidarias, pero que en los hechos, no se ajustan al texto estricto de la leyenda, ya que en la práctica, roban a todo el mundo para darse el botín a si mismos y además generan confusión, porque siguen llamando a este accionar "justicia social".
Esta clase de "justicia" recuerda la "justicia" de la que hablaba Platón. Según Karl R. Popper, Platón llamaba "justicia" a todo aquello que hiciera grande y estable al estado, y a no dudarlo, un estado que en nombre de la justicia se dedica a robar a sus súbditos para engordar sus arcas, hace por cierto gran honor a este ideal platónico.
4. Ideologías irracionales vs. racionales.
Podemos clasificar las ideologías en dos grandes ramas o tipos, las racionales y las irracionales. El criterio de demarcación será pues el mayor o menor uso que hagan de la razón para obtener sus propósitos y lograr la adhesión de sus seguidores.
Conforme lo que venimos exponiendo, entonces, podemos ubicar dentro de las irracionales -o lo que seria lo mismo, las emocionales- al colectivismo, sea este en sus versiones socialistas, nazis o fascistas, del otro lado, dentro de las racionales se ubican claramente el individualismo sea en sus versiones liberal, o capitalista.
No caeré en las calificaciones simplistas y poco precisas de "derecha e izquierda" y dejaré al criterio del lector en que lado del espectro desea ubicar a ambas tendencias. Como he expuesto hasta el cansancio, las expresiones "derecha e izquierda" carecen para mí de completo significado (ni social, ni político, ni económico); no representan ninguna utilidad ni práctica, ni académica y forman parte de un vocabulario que ha sido creado por el colectivismo, quien hace uso y abuso del mismo, precisamente para conmover emocionalmente a las personas que el colectivismo pretende captar. Es cierto, sin embargo, que yo mismo, en otros escritos analicé e hice uso de ambos vocablos, pero me encargué de aclarar, y vuelvo a hacerlo aquí; que procedí de dicha manera porque es tanto y tan fuerte el arraigo que ambas palabras tienen en el glosario socio-político-económico de nuestros días, que de no usarlas de ningún modo, se podría dificultar la comprensión del lector y el alcance de algunos o todos los tópicos que en aquellas oportunidades abordé.
Esto no implica, de modo alguno, aceptar hablar en forma equívoca de "izquierda y derecha" ni mucho menos recomendar adoptar un léxico tan insulso, ambiguo e impreciso como el que quiere imponernos -a toda costa- el colectivismo, simplemente hago referencia a la utilización de ambos términos –en mi caso- como una licencia y comodidad gramatical para que el lector menos informado y mas habituado a escuchar hablar de "izquierdas y derechas", me pueda entender.
El tema se complica mucho mas si adoptamos la modalidad española de hablar, que acostumbra a pluralizar los singulares "izquierda y derecha", y casi siempre disertan ellos de "izquierdas y derechas" lo que enredaría mucho mas el entendimiento si no se explica con claridad de que estamos hablando tanto cuando singularizamos como cuando pluralizamos.