El problema ¿pobres o ricos?En un programa de televisión, un miembro de un partido político mexicano de izquierda, señaló que hay que terminar con los ricos. Su afirmación me recordó una plática que sostuve hace varios años con uno de los cómicos más grandes del mundo contemporáneo, Mario Moreno "Cantinflas".

Cuando hablamos de las diferencia sociales, me dijo: “el problema son los pobres no los ricos, hay que terminar con la pobreza no con la riqueza” "Cantinflas" no estudió economía pero tenía un gran sentido común, que desgraciadamente le falta a muchos de nuestros políticos y economistas contemporáneos.

El problema de América Latina es la gran cantidad de pobres que existe no los pocos ricos. Hay que castigar la riqueza mal habida, que no proviene del trabajo ni de las ganancias lícitas; pero no hay que olvidar que la posibilidad de volverse rico en base al fruto de actividades empresariales es la base del progreso.

En la medida que existan más ricos que inviertan, habrá menos pobres. La riqueza, si hay paz, seguridad, competencia, garantías a la propiedad y justicia, se traduce en más inversión, más empleos, más producción y más bienes y servicios disponibles para la mayoría.

La riqueza aprovechable no es el dinero que tienen algunos cuantos en los bancos, sino los bienes y servicios ofrecidos. Pero para que existan más mercancías baratas en los mercados y los salarios tengan mayor poder de compra, además de que los gobernantes no generen inflación, debe haber empresarios ricos dispuestos a invertir, producir y vender.

El estado de California en la Unión Americana es la zona del mundo en la que hay más millonarios proporcionalmente al número de habitantes. Ahí también es la región donde han encontrado trabajo millones de mexicanos, centro y sudamericanos, víctimas en gran parte de las políticas de gobernantes que, con la excusa de acabar con los ricos, han producido millones de pobres; aunque también generaron grupos de riquillos que se quedaron con el dinero de empresarios, profesionales y trabajadores productivos a través de impuestos, expropiaciones e inflaciones, para teóricamente dárselos a los pobres.

Muchos ricos de Iberoamérica amasaron fortunas a través de monopolios o de privilegios gubernamentales, cuando sus padres, parientes o amigos, fueron funcionarios públicos. Ese tipo de ricos debe desaparecer, pero hay que estimular a quienes con sus ahorros invertidos en actividades empresariales generan riqueza, garantizándoles y facilitándoles su labor empresarial.

LA AMBICION ¿BASE DEL PROGRESO?

Una ambición desmedida genera injusticias, delitos y abusos; sin embargo, la ausencia total de ambición o de afán de mejorar es fuente de pobreza, mediocridad y atraso. El deseo de vivir mejor es el motor del progreso. Pero tiene que haber un entorno jurídico que encauce esa ambición, en tal forma que las riquezas obtenidas por parte de los "ambiciosos", sea producto de la venta libre y voluntaria de bienes y servicios a terceros y el poder en el ámbito político provenga de elecciones democráticas y tenga límites.

La ambición racional, no pasional, en un ambiente de libre empresa y democrático es fundamental para que viva mejor la mayoría de los habitantes de un país. Si el ambicioso quiere más dinero legal debe ofrecer y vender bienes y servicios en un mercado voluntario y libre.

En ese entorno, para que el ambicioso tenga más, tiene que trabajar y producir mercancías útiles para los demás. Si engaña, abusa o roba, debe existir mía autoridad que lo castigue. La ambición desmedida o "pasión por conseguir poder, honras, dignidad, fama o dinero" en sí misma lleva un castigo moral: insatisfacción interna permanente y el rechazo de la mayoría.

Así como la ambición, entendida como tratar de vivir mejor, ha sido el motor del sistema capitalista, la envidia lo ha sido del socialista. La envidia se define como "sentirse mal por el bien ajeno". En el ámbito económico se traduce en quitarle riqueza al que tiene, ya sea para ser disfrutada por los gobernantes o por el afán envidioso de que el productor de riqueza no goce de su esfuerzo.

Las políticas económicas de los sistemas socialistas, ahora consideradas obsoletas y empobrecedoras en la mayor parte del mundo, parten de que expropiar, redistribuir y repartir es el principal fin de un gobierno. Presentan como injusto que unos tengan más que otros. En el socialismo la ambición pasional asociada con la envidia, privilegió al que redistribuía y controlaba la riqueza generada por los demás, cuidando que nadie viviera mejor que las autoridades repartidoras.

La ambición, matizada por valores éticos y limitada económicamente por la competencia y jurídicamente por la ley, constituye la mejor garantía para lograr el progreso de una sociedad. Pero cuando la ambición se desordena y asocia con la envidia, florecen los intelectuales y reformadores sociales que se dedican a criticar a los que producen.

Esos falsos profetas confunden liberación con quitarle a los que tienen y dan argumentos a los ambiciosos sin medida y envidiosos en el poder, para quedarse con lo que les confiscan a los que producen, aventando migajas disfrazadas de justicia social o gasto social a los que no tienen. Al final casi todos terminan más pobres, como sucedió en los países ex-socialistas.

SALVAR AL BOSQUE ¿ACABANDO CON LOS ARBOLES?

Que opinaría de un gobernante que presentara un programa en el cual con el fin de salvar los bosques cortaran todos los árboles. Esa incongruencia se ha dado en los planes gubernamentales en los últimos 25 años: rescatar, equilibrar y fortalecer al gobierno a costa de empobrecer y enflacar a los ciudadanos.

Nuestros actuales gobernantes parten de la idea de que el gobierno es una institución superior a los gobernados, que debe sanearse, privilegiarse y equilibrarse, a costa de desequilibrar y desangrar a los ciudadanos. ¡El bosque es más importante que todos los árboles!, es la visión de la mayoría de los colectivistas y tecnócratas que gobiernan en casi todos los países iberoamericanos.

Al analizar las políticas fiscales, monetarias, de tasas de interés y de precios, están planeadas para darle mayores ingresos a los gobernantes, sin importar que para lograr ese objetivo generen presiones tributarias, inflación, alzas de tasas de interés y una baja de salarios reales en la mayoría de la población.

Las políticas gubernamentales le complican la vida a trabajadores, profesionales, comerciantes, agricultores, industriales y prestadores de servicios; pero permiten mayores ingresos al gobierno para reducir su déficit presupuestal, consolidar sus finanzas y gastar más en beneficio del bosque. La consigna parece ser "Hay que sanear el bosque aunque enfermemos a los árboles".

El problema de fondo es que los gobernantes han perdido la brújula de cual es la razón de su existencia. Por ejemplo, en la Secretaría de Hacienda parecen no tener una visión global ni social de la función gubernamental, que es la de lograr el bien común. Solamente tienen en mente el objetivo de recaudar dinero, es decir, igual a la idea de los publícanos de tiempos de Cristo. En aquel entonces, la función de recaudar impuestos era arrendada a mercaderes a cambio de adelantos de dinero al rey. Los publícanos buscaban cobrar la mayor cantidad de dinero sin importar el perjuicio causado a los ciudadanos ni el destino del dinero recaudado.

Aunque ha cambiado la retórica y ahora se habla de democracia y de gobiernos al servicio de la sociedad, las acciones de los gobernantes continúan como hace 2000 años, funcionando para mantener y enriquecer a quienes gobiernan. No para crear un marco jurídico y social que permitan mejorar las condiciones de vida a los ciudadanos. Lo que sólo será posible cuando los gobernantes comprendan que el bosque no es nada sin los árboles y que sin árboles sanos no podemos hablar de un bosque "saneado".