PopulismoRicardo Medina(*)

Cualquier argumentación sobre el populismo como ésta enfrenta, de entrada, dos problemas:

1. Evitar el uso del adjetivo “populista” como objeto arrojadizo para descalificar a tal o cual político sin mayor análisis y

2. El riesgo de tratar de caracterizar al populismo como una corriente política definida, cuando en rigor no existe un cuerpo doctrinal coherente “populista” o un pensador político que haya sistematizado, en forma apologética, lo que debemos entender por populismo.

Estos dos problemas explican en buena medida las confusiones que suelen acompañar al uso y abuso del adjetivo “populista” en el periodismo, en los discursos de los políticos y en los análisis de la ciencia política. De entrada, rechazamos el uso de la palabra “populismo” (y del adjetivo populista) como mera etiqueta para descalificar. Aun cuando florezca el uso de las palabras como simples herramientas de ataque o apoyo en la lucha política, flaco servicio le hacemos a la inteligencia – la facultad de explicar y explicarnos la realidad si despojamos a las palabras de su significado cabal que nos ayuda a descifrar el mundo.

Por otra parte, si bien es tarea imposible ofrecer una sistematización del populismo como doctrina definida – tarea que es factible hacer, en cambio, con verdaderas corrientes de pensamiento político como el liberalismo, el marxismo, el mercantilismo, los diferentes socialismos utópicos o el fascismo original que surgió el siglo pasado en Italia, sí es dable describir y tipificar las conductas populistas, presentes aquí o allá a lo largo de la historia política a veces como datos aislados, excesos de la demagogia de algún político por ejemplo, y en otras ocasiones como conductas permanentes de ciertos dirigentes políticos que conducen más temprano que tarde a un cierto estado de cosas en la vida de las naciones cuyas constantes son:

1. La pérdida de las libertades

2. La irresponsabilidad fiscal

3. El desprecio y ataque a las instituciones propias de la democracia a las que se califica de meros “formalismos” o pretextos (por ejemplo, el desprecio a un poder judicial independiente o al imperio de la ley por encima de los deseos, buenos o malos, de los políticos)

4. El autoritarismo escondido tras la fachada de una misión justiciera o “revolucionaria” y

5. La constante apelación al pueblo anónimo, como un personaje colectivo de autoridad inapelable y sabiduría innata, de cuyos designios se nombra intérprete único y constante el líder o caudillo populista.Todos los populismos –lo mismo el de los ayatolas que encabezaron la llamada “revolución islámica” en Irán que el de Juan Domingo Perón en Argentina reúnen en mayor o menor medida esas cinco características. No importa si, como en el caso de Irán, digan fundamentarse en la única lectura autorizada de algún libro sagrado (el Corán) o, como en el caso del peronismo, en sentimientos profundos e inefables del pueblo, entendido como masa anónima.El emotivo encanto del populismo

A pesar de los males que produce (pobreza, desempleo, escasez, devaluaciones de la moneda, despotismo, corrupción moral, aislamiento del mundo) el populismo tiene indudables atractivos, lo que explica su persistencia así sea en nuevas presentaciones.

Además de que los discursos populistas apelan siempre a la emotividad y a los sentimientos innatos de justicia o de solidaridad hacia los menos favorecidos, los argumentos populistas suelen ser fáciles de entender, aun cuando con frecuencia desatiendan las más elementales leyes de la lógica. Esto, junto con las soluciones inmediatas y fáciles – que no demandan esfuerzo o responsabilidad a su auditorio garantiza la efectividad de los alegatos populistas como arma de lucha política.

Por ejemplo, es más fácil culpar a los “voraces” comerciantes de la inflación o de la escasez de productos en el mercado, que reconocer que el gobierno ha sido irresponsable en su manejo de la política económica introduciendo controles de precios e imprimiendo más dinero del que está respaldado con producción real de bienes y servicios. Adicionalmente, ese reparto de culpas encaja fácilmente en imaginaciones simples que, como en los cuentos infantiles, dividen al mundo en forma maniquea entre buenos y malos, héroes sin tacha y villanos abominables. Una vez establecido el escenario de cuento de hadas –en el cual el caudillo populista es el “modesto” héroe de mil batallas es fácil prometer y dictar “soluciones” igualmente fantásticas: “cárcel a los hambreadores del pueblo”, “expropiación de las fortunas insultantes de los millonarios” o de las reservas del banco central (véase la singular batalla que lleva a cabo Hugo Chávez en Venezuela en contra del banco central de ese país) o de los ahorros de quienes invirtieron en instrumentos de deuda pública (caso argentino), y en el mismo escenario el héroe puede fabricar fabulosos enemigos que conspiran en su contra, desde un conjunto de “jueces venales” vendidos al gran capital o el presidente de Estados Unidos que quiere asesinarlo (especie falaz que no necesita probarse, sólo denunciarse) y mostrarse como quien dará “hasta la última gota de su sangre” por defender al pueblo anónimo y sufrido.

Una raíz del encanto seductor de la palabrería populista, en el caso de Hispanoamérica, es la fuerte matriz romántica – en el sentido del romanticismo de los siglos XVIII y XIX que baña nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestras leyendas, nuestras canciones…

Por ello puede decirse que el populismo es el romanticismo hecho discurso político, una vulgarización de “Los miserables” de Víctor Hugo para uso de los políticos que, desde luego, siempre se ubican en el lado correcto de la leyenda.Signos de la enfermedad populistaAunque el populismo suela presentarse como una panacea, remedio para todos los males, el ungüento de Fierabrás del que hablaba en sus delirios don Quijote de la Mancha, es en realidad uno de los más peligrosos venenos que amenaza, aún ahora en el siglo XXI, a naciones enteras. Lo mismo puede usar la presentación de reivindicación regionalista (“el pueblo vasco oprimido por los españoles”), de fundamentalismo religioso (la lucha a muerte contra los infieles de Occidente), de inevitable defensa contra el poderoso o hasta de moderna doctrina política (vía humanista al socialismo, tercera vía, socialdemocracia nacionalista). Los diferentes populismos coinciden en esos cinco rasgos que hemos descrito arriba, pero el síntoma que hoy día define si alguna nación ya contrajo la enfermedad populista radica en la irresponsabilidad fiscal: Que el gobierno gaste lo que no tiene.

Basta preguntarse, para saber si estamos ante una propuesta política responsable o ante una propuesta populista, ¿de dónde saldrán los recursos para lograr lo que se nos propone? No falla, porque no hay comidas gratis y país que gasta lo que no tiene termina arruinado.

El credo de los nuevos populistas.

Hugo Chávez ejemplifica a la perfección el ideal del nuevo populista: el Estado es él, el pueblo es él, la verdad es él, la fe es él, la esperanza es él. Habla de todo, dogmatiza sobre cualquier materia, quiere ordenar la vida de los venezolanos hasta el último resquicio. El predicador por antonomasia del nuevo populismo despótico, Hugo Chávez Frías, peroró en la edición número 187 de su programa “Aló, Presidente” y habló de todo.

Anunció que vencerá a la oposición en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006 con más de 60% de los votos, lanzó pronósticos –mandatos sobre los resultados del fútbol, predicó la necesidad de que cada venezolano y cada venezolana sepa manejar con destreza un fusil para defender la soberanía, explicó cómo debe ser la tela y la confección de los uniformes militares, dictó cátedra sobre el origen de los incendios en cuarteles y casas, denostó a la oposición y a los gringos y pidió a Jesús de Nazaret que perdone a los obispos de Venezuela por haber osado denunciar presuntas violaciones a los derechos humanos que insensatamente atribuyen a su infalible gobierno. No se crea que ésta sea una excepción lamentable en Hispanoamérica. Por desgracia, Chávez sólo está llevando a sus últimas consecuencias el programa del nuevo populismo cuyas manifestaciones brotan lo mismo en Argentina, en Brasil, en Bolivia, en Uruguay o en México.

El guión es el mismo: son redentores que fustigan a la “vieja clase política” –a la que sin embargo pertenecen que repiten el viejo cuento de la opresión imperialista, ahora disfrazada de “neoliberalismo”, de Estados Unidos, que recurren a figuras históricas míticas para arropar sus excesos -Bolívar, Juárez, San Martín-, que se dicen víctimas de rocambolescos complots y maquinaciones, que usan la democracia burguesa (a la que en el fondo desprecian) para hacerse del poder y desde ahí destruir cualquier vestigio de libertad en sus respectivos países.

(*) Ricardo Medina Macías ha sido periodista desde 1973. Estudió filosofía, ciencias de la comunicación y economía. Fue director editorial del periódico El Economista de la Ciudad de México, diario en el que publica de lunes a viernes su columna Ideas al Vuelo.

Autor de los libros "La expropiación de la banca en México" (1982) y "Crónica del desengaño" (1983), ambos de editorial Edamex, México.

También fue editor de la newsletter semanal "Tendencias Económicas y Financieras" y de la newsletter quincenal en inglés "Mexican Forecast" del Grupo Editorial Expansión (19861992).

(*)Fue director de información de los noticiarios de Televisión Azteca la segunda cadena de televisión de México y actualmente colabora en la Secretaría de Hacienda, en la Unidad de Comunicación Social y Vocería como Director de Estrategia y Comunicación Política.