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Déficit, ¿hundirá a México en 2020?

Un factor que determina que las calificadoras de riesgo bajen o no la calificación de un gobierno o empresa, es la capacidad de pagar el servicio de su deuda, principalmente intereses, con los remanentes después de cubrir todos sus gastos. A ese sobrante, se le llama superávit primario y representa los recursos disponibles para amortizar la deuda del gobierno y de PEMEX, de la cual el gobierno es aval.

Si el gobierno no tiene los recursos suficientes para cubrir sus pasivos y los de PEMEX, le bajan la calificación y sus deudas se convierten en “bonos basura”, pedir más dinero será a tasas altísimas, la inversión dejará de fluir significativamente y se reducirá el crecimiento, el empleo y el valor del peso.

En 2017 se alcanzó un superávit, que dio para mantener el déficit a niveles que evitaran bajas de calificaciones, al tomar las ganancias del Banco de México, en 2018 mediante el incremento de precios de la gasolina y la electricidad, y en 2019 al reducir gastos en varios sectores: salud, infraestructura y sustraer dinero del Fondo de Contingencia, que es un ahorro para enfrentar emergencias. Así se evitó transitoriamente una baja de calificación, que hubiera aumentado las expectativas negativas de la economía mexicana.

Si no se hubiera gastado en cancelar Texcoco, comenzar otro en Santa Lucía y particulares hubieran costeado el nuevo aeropuerto, ni en repartir dinero en programas clientelares, “sociales, entre otros gastos, se hubiera alcanzado un superávit primario sustentable entre gastos e ingresos.

En 2020, si partimos de ingresos calculados con un crecimiento del 2%, cuando varias instituciones financieras lo estiman por abajo del 1%, lo que implica menos ingresos y un mayor déficit si se mantiene el gasto programado. En ese panorama no avizoramos un superávit que pueda enfrentar los pagos del servicio de la deuda, a menos que descubran otro guardadito para cubrirlos o aumenten los ya altos impuestos, mayores porcentualmente a los de Estados Unidos y Canadá.

Si no se rectifican los gastos “capricho”: aeropuertos, refinería, Tren Maya, y los clientelares para ganar votos, y si no se generan expectativas positivas, pinta un panorama negro para la economía mexicana.