| Nadando de muertito ¿hasta cuando? primera de tres partes |
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| Escrito por Arturo Damm Arnal |
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En aquel entonces escribí que “más allá del comportamiento del PIB, de la inflación, del tipo de cambio, de las tasas de interés, de los precios de las acciones, y de otras variables, lo más preocupante es la ausencia de cambios estructurales, cuyo objetivo debe ser el fortalecimiento y la multiplicación de los cimientos de nuestra economía”. Han pasado ya siete años y hoy lo escrito en aquel entonces sigue siendo válido: los cambios estructurales brillan por su ausencia, lo cual resulta alarmante, ya que el fin de los mismos debe ser fortalecer y multiplicar los cimientos de la economía, que no son, ni todo lo fuertes que deben ser, ni todos los que deben ser, lo cual ocasiona resultados económicos mediocres, tal y como lo han sido (por una u otra razón, que van desde la inflación hasta el estancamiento), a lo largo de las últimas cuatro décadas, lo cual ha limitado seriamente las posibilidades de progreso económico, limitación que afecta, sobre todo, a la mitad de la población que sobrevive, más o menos, en la pobreza. Ausencia de cambios estructurales, ¿qué quiere decir? Falta de adecuación del marco institucional de la economía, marco institucional que no es otra cosa más que las reglas del juego que, en materia de economía, en México, dejan mucho que desear. Es por ello que se habla de las reformas fiscal, laboral, energética, de competitividad, todos ellos frentes de nuestra economía en los cuales las reglas del juego, es decir, el marco institucional, deja mucho que desear. ¿Por qué? Porque no se reconoce plenamente, no se define puntualmente, y no se garantiza jurídicamente, ni la libertad individual para trabajar, emprender, invertir, producir, ahorrar, distribuir, intercambiar y consumir, ni la propiedad privada sobre los ingresos, el patrimonio y los medios de producción, todo lo cual limita (en el mejor de los casos) o elimina (en el peor) la competencia en los distintos sectores de la producción, y en los distintos mercados de bienes y servicios, impidiendo el logro de una mayor competitividad, tanto del país, como de las empresas que operan en el país. Reconocer plenamente, definir puntualmente y garantizar jurídicamente la libertad individual y la propiedad privada da como resultado la mayor competencia posible en todos los sectores de la producción y en todos los mercados, y la competencia es la condición de la competitividad, clave del progreso económico. |



