| ¿Y la monetaria? |
| Escrito por Arturo Damm |
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Estamos tan acostumbrados al sistema monetario que nos ha sido impuesto, que nos resulta difícil reconocer sus excesos y defectos e imaginar una opción que los elimine. Nuestro sistema monetario sintetiza lo peor de tres mundos: el mundo del dinero fiduciario, sin respaldo alguno, sin valor intrínseco; el mundo del dinero fiduciario, ofrecido de manera monopólica por una entidad estatal, el banco central; el mundo del dinero fiduciario, ofrecido de manera monopólica por una entidad estatal, e impuesto por la fuerza, es decir: por ley, como única moneda de curso legal, todo lo cual supone, uno, que a cambio de lo que ofrecemos en el mercado recibimos pedazos de papel, plástico o metal sin valor intrínseco; dos, que esos pedazos de papel, plástico o metal, sin valor intrínseco, son lo único que puede usarse como dinero nacional y, tres, que no tenemos la libertad para elegir alguna otra moneda, por ejemplo: alguna divisa, para recibir el pago de aquello que ofrecemos en el mercado, que puede ser trabajo (algún servicio) o el producto del trabajo (algún bien). Supongamos que usted, lector, realiza un trabajo por el cual recibe una remuneración de doscientos pesos. ¿Qué es lo que, de manera directa, recibe usted a cambio de su trabajo? Un billete de doscientos pesos, es decir, un pedazo de plástico, con determinadas características, comenzando por el color verde, que le permite identificarlo como doscientos pesos. ¿Por qué acepta usted ese pedazo de plástico a cambio de su trabajo? En primer lugar, porque no le queda de otra, ya que ese pedazo de plástico, billete emitido por el Banco de México, es el único dinero de curso legal en el país (véase el inciso A del artículo 2º de la Ley Monetaria de los Estados Unidos Mexicanos). En segundo lugar, porque sabe que cualquier otro agente económico, dado que el único dinero de curso legal es el emitido por el banco central, tiene que aceptarlo a cambio de lo que le venda a usted, ya sean bienes (productos del trabajo) ya servicios (trabajo), obligación de dar y recibir el dinero emitido por el Banco de México impuesta arbitrariamente por la ley. El dinero surgió, como lo ha señalado Ludwig von Mises, en el mercado y, por lo tanto, de las transacciones realizadas libremente entre oferentes y demandantes, quienes, con el fin de terminar con los inconvenientes del trueque, eligieron espontáneamente alguna mercancía que hiciera las veces de medio de intercambio, mercancía que, para cumplir eficazmente con esa tarea, tuvo que haber sido una generalmente aceptada por la mayoría, condición del dinero que explica porqué, al paso de los siglos, fueron el oro y la plata las mercancías que terminaron siendo aceptadas como dinero, constituyéndose en el dinero - mercancía por excelencia, dinero mercancía que es la antítesis del dinero fiduciario, nuestro dinero. Los primeros sistemas monetarios tuvieron las siguientes características. Uno: el dinero era dinero - mercancía, oro o plata, con valor intrínseco. Dos: el dinero era emitido por particulares, que competían entre si por la aceptación de la gente, aceptación que dependía del respeto que el emisor del dinero tuviera por el pacto monetario, es decir, del mantenimiento de una determinada cantidad de metal precioso por unidad monetaria (por ejemplo: 10 gramos de plata pura por peso). Tres: los agentes económicos tenían la libertad de elegir el dinero con el cual llevar a cabo sus transacciones, lo cual dio lugar a los cambistas que, como su nombre lo indica, se dedicaban, ayer como hoy, al cambio de una moneda por otra, cambistas que, por razones obvias, comenzaron a proliferar, sobre todo, en las ciudades comerciales italianas de finales de la Edad Media y del inicio del Renacimiento. Si comparamos aquellos sistemas monetarios, surgidos en el mercado, producto de la acción humana, pero no del diseño humano, con el sistema monetario actual, de dinero fiduciario, sin respaldo alguno, sin valor intrínseco; ofrecido monopólicamente por una entidad estatal, el banco central; e impuesto por ley como única moneda de curso legal, nos damos cuenta de que se trata del binomio tesis – antitesis, siendo cada uno de ellos lo contrario del otro, tan contrarios como son la plata y el papel; la competencia y el monopolio; la libertad y la imposición. En el tránsito de lo primero (plata, competencia y libertad) a lo segundo (papel, monopolio e imposición), los usuarios del dinero, ¿ganamos o perdimos? La historia del dinero es la historia del esfuerzo del poder político por hacerse del control sobre el dinero, esfuerzos que le han rendido, a ese poder político, sus frutos. Hoy los banco centrales, en su gran mayoría entidades estatales, emiten dinero que no vale el papel o plástico en el que el billete fue impreso, lo hacen de manera monopólica, no sujetos a la disciplina de la competencia, y la ley obliga, a los agentes económicos, a usar es dinero de ínfima calidad, y a las pruebas me remito: entre enero de 1971 (año en el cual inició la actual época de inflación) y agosto de 2009 (momento en el cual seguía presente), la inflación acumulada sumó 556 mil 459 por ciento, 1.9 por ciento promedio mensual. En el artículo 28 constitucional se apunta, uno, que “el Estado tendrá un banco central, que será autónomo en el ejercicio de sus funciones”, lo cual quiere decir, dos, que “ninguna autoridad podrá ordenar al banco conceder financiamiento”, ya que, tres, su objetivo es “procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional…”, estabilidad que se consigue cuando no hay inflación, todo lo cual, al menos en el papel, apunta en la dirección correcta. Y escribo al menos en el papel porque la realidad apunta en otra dirección, tal y como lo muestra el comportamiento de la inflación en lo que va del siglo XXI: 2001, 4.4 por ciento; 2002, 5.7; 2003, 4.0; 2004, 5.2; 2005, 3.3; 2006, 4.1; 2007, 3.8 y, 2008, 6.5 por ciento. En cuatro años, los nones, la inflación bajó, en los otros cuatro, los pares, repuntó, de tal manera que lo que se ganó en los primeros se perdió en los segundos, y el resultado fue una inflación promedio anual del 4.6 por ciento, muy por arriba de la meta de inflación fijada por el Banco de México en 3.0 por ciento, meta de inflación que no deja de ser un contrasentido, por no decir una barbaridad. Lo explico. La meta que la constitución, y la cordura, le fija al Banco de México es “procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional”, lo cual se logra si no hay inflación, razón por la cual resulta un contrasentido que el Banco de México fije metas de inflación, cuando su tarea es, uno, no generar, con la práctica de políticas monetarias expansionistas, inflación o, si la presión inflacionaria se genera al margen de dichas políticas, evitar que dicha presión se transforme en inflación. Insisto: es una barbaridad que el banco central, el nuestro y cualquier otro, se fije metas de inflación, cuando su tarea es, o no generar inflación, o combatir la que surja espontáneamente en los mercados. En el caso del Banco de México hay que tomar en cuenta, además, que la autoridad monetaria es juez y parte, ya que, uno, ella fija la meta de inflación, dos, ella pone en práctica la política monetaria para alcanzar dicha meta y, tres, ella mide la inflación, realización de tres tareas que la convierte en juez y parte, algo que debe corregirse ya. La reforma monetaria ideal debe dar como resultado la sustitución del sistema monetario actual, basado en el dinero fiduciario, ofrecido monopólicamente por los bancos centrales, e impuesto por ley como único dinero de curso legal, por aquel del dinero – mercancía, ofrecido de manera competida por emisores privados, con la libertad de los agentes económicos para elegir el dinero que más le convenga. La reforma monetaria ideal debe sustituir el papel por la plata, el monopolio por la competencia, la imposición por la libertad. Estoy consciente de que la reforma monetaria ideal seguirá pendiente, y que el sistema monetario actual seguirá vigente, pero ello no quiere decir que, dentro de los límites de ese sistema, no se puedan introducir cambios que apunten en la dirección correcta. Propongo dos. Primero, quitarle al Banco de México la triple tarea de fijar la meta de inflación, practicar la política monetaria para conseguir esa meta, y medir la inflación, debiendo de ser uno (un consejo monetario) el que defina dicha meta, otro (el banco central) el que practique la política monetaria, y otro más (el INEGI) el que mida la inflación. Segundo, eliminar la discrecionalidad del banco central para manipular le cantidad de dinero que se intercambia en la economía, para lo cual conviene adoptar la regla monetaria de Milton de Friedman que, sin ser lo ideal desde el punto de vista absoluto, si lo es para los sistemas monetarios basados en el dinero fiduciario, ofrecido monpólicamente por bancos centrales, e impuesto por ley como único dinero de curso legal, ya que dicha regla determina el porcentaje en el que, año tras año, debe aumentar la cantidad de dinero, con el fin de preservar su poder adquisitivo, para lo cual se requiere que la misma no aumente más de lo que se incrementa la oferta agregada, compuesta por la producción interna (PIB) más las importaciones. A partir de esta condición para la preservación del poder adquisitivo del dinero Friedman propuso que la cantidad de dinero aumente (o disminuya), cada año, en un porcentaje igual al que aumentó (o disminuyó) la oferta agregada, por ejemplo, en los últimos cinco años, con lo cual la tendencia será hacia la preservación del poder adquisitivo del dinero: algunos años habrá inflación, otros deflación, contrarrestándose unos con otros. Y lo más importante: se elimina la discrecionalidad del banco central en materia de política monetaria. No todo es reforma fiscal, laboral o energética. La monetaria también es importante y, en una de esas, más importante. |

