erick guerreroLa primera vez que escuché que Donald Trump podría convertirse en una especie de Adolfo Hitler, me pareció una idea radical, exagerada, descabellada; producto de la imaginación de alguien mentalmente enfermo o que de plano era presa del miedo. En pocas palabras, una payasada, pues. Pero bien pronto me llevé grandes sorpresas.

En una librería del aeropuerto de la Ciudad de México, literalmente me topé (porque no era mi intención buscarlo, para nada), con un ejemplar de “Mein Kampf” (Mi Lucha), el célebre libro de Adolfo Hitler. Le confieso amigo lector que sucumbí a la tentación. No pude resistirme y lo compré para empezar a leerlo de inmediato, en cuánto abordara el avión.

La primera sacudida me la llevé cuando un médico judío, compañero de vuelo que me había reconocido y que me saludó en uno de los pasillos, en cuánto se dio cuenta que traía el ejemplar en mis manos, casi pega un brinco y me dijo alterado en tono de reclamo: “¿y tú porqué estás leyendo ese libro? ¿Qué acaso eres admirador de Donald Trump?”…”No, no, no” –le contesté-, “al contrario, estoy preocupado… tranquilo doctor…porqué me dice eso?”

Me explicó entonces que en su religión, desde niño, lo enseñaron a estudiar el Mein Kampf de Adolfo Hitler con el fin de ubicar el perfil de políticos o dirigentes nocivos, peligrosos. A identificar señales, a estar preparados, alertas ante la aparición de cualquier amenaza. Que por eso él sabía que Donald Trump encajaba en ese perfil. Lógicamente, después de escuchar eso, mi interés en la publicación aumentó. Y aún cuándo no he terminado de leerlo a la hora de redactar estas líneas, encontré cosas que me provocaron escalofrío.

Obviamente no es que yo crea o esté convencido que Estados Unidos va a terminar en una dictadura o que Trump va a provocar la Tercera Guerra Mundial, claro que no. Y eso tengo que dejarlo muy claro. Pero al menos en materia de racismo, de xenofobia o rechazo a otras razas, encontré un par de semejanzas que quiero compartir con usted.

Donald Trump llegó democráticamente al poder aventando dardos al hígado, apelando al resentimiento que acumularon clases medias y obreros estadounidenses blancos que se sentían oprimidos por las élites y desplazados por otras razas, especialmente por latinoamericanos en materia de empleo. Adolfo Hitler, llegó de la misma manera: ganando el 40% de la votación y apelando a la irritación de clases medias y obreros alemanes que se sentían empobrecidos por dirigentes que llevaron a su país a la guerra, al caos económico y oprimidos por la burguesía, mayoritariamente de origen judío.

Trump, como buen populista, sabe que el llamado “voto razonado” es privilegio de una muy delgada franja de votantes que ni siquiera llega al 5% del padrón electoral. Que el voto es más bien de carácter emocional. Y que para arrastrar a las masas, se les debe manipular por ese lado. Hitler, uno de los grandes oradores de toda la historia, un gran seductor de masas, sabía exactamente lo mismo.

“La inmensa mayoría de la gente…en lo concerniente a su naturaleza y opiniones…se haya gobernada por sensaciones y sentimientos más bien que por consideraciones razonadas…(la propaganda)…sólo se puede usar con éxito con las muchedumbres y cuándo éste éxito se ha conseguido, recompensa con creces lo que ha costado”, dice en Mein Kampf.

Por otro lado, estadounidenses blancos sienten que han perdido el control de su país. Como bien lo señaló un artículo de la revista Nexos publicado el año pasado, Trump podrá ser un paranoico, lo que usted quiera, pero no está sólo en su pesadilla: tanto demócratas como republicanos se sienten invadidos por lo que llaman “la escoria del mundo”, inmigrantes indocumentados, especialmente de origen latinoamericano.

Y no andan tan errados: si usted hace el recorrido por carretera entre las ciudades de San Diego y Los Ángeles, encontrará que la mayor parte de los nombres de las calles, son hispanos: “Compayito Avenue”, “Tocayo Avenue”, “Toluca Like”, “Toro Road”, “Picador Boulevard”, la calle “Julio César Chávez” o “Monterey” (así, con una sola “r”), entre muchas otras, dan la sensación de que nuestro país recuperó el Estado de California sin disparar un sólo tiro…parece colonia mexicana.

“En el Norte y en el Sur –se lamenta Hitler en el Mein Kampf-, la ponzoña de extrañas razas roía el cuerpo de nuestra nacionalidad y hasta la misma Viena se convertía en una ciudad cada vez menos alemana”. De ahí el éxito de Donald Trump al prometer una fuerza de deportación masiva para expulsar de los Estados Unidos a los que él llama una plaga de delincuentes y mafiosos indocumentados.

Al menos en éste tema, el del racismo, las semejanzas, las motivaciones que los impulsan a actuar, el populismo entre Donald Trump y Adolfo Hitler, son impresionantes…¿no cree usted?

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